Brasil: el derrumbe de una de las estrellas emergentes

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Lula, exhibido como la alternativa positiva al «socialismo del siglo XXI» del líder venezolano Hugo Chávez, intentó crear una economía avanzada industrialmente sobre la base de la explotación del petróleo y sus servicios derivados, asociando a este fin a las grandes constructoras brasileñas, que se encuentran entre las más poderosas del mundo.

Alrededor de este pivote fundamental -al que se añadían las grandes entidades financieras locales, las inversiones del capital extranjero del rubro automotor y las commodities producidas por el país, la soja en primera lugar- el PT y sus aliados del PMDB del ahora presidente interino, Michel Temer, Brasil alcanzó tasas de crecimiento del 7,5% en 2010.

El «milagro» brasileño ha devenido en la mayor crisis de la historia moderna de Brasil, superior a la de la Gran Depresión, y está planteando un desafío descomunal al poder económico

Esta expansión, que se prolongó durante 10 años, tuvo como motor fundamental el súper ciclo de ascenso del precio de las materias primas a escala mundial, que permitió al gobierno de Lula incorporar al consumo a los sectores más pobres y ampliar la demanda a través del endeudamiento de las clases medias y de los asalariados mejor pagos.

Esta conciliación de intereses económicos y sociales diversos erigió a Lula en líder indiscutible de la «modernización» de Brasil a escala regional e internacional, a pesar de la crisis mundial de 2007-2009 y del primer episodio de envergadura de corrupción estatal conocido como «mensalao».

La alianza del PT, el PMDB y otros sectores de la política de Brasil le dio a sus gobiernos una estabilidad política relativa que le permitió atravesar exitosamente los momentos de baja económica mundial y los conflictos creados por la corrupción interna.

Pero lo que fue su fuerza se transformó en su principal debilidad al estallar las bases de sustentación económica del modelo en los últimos cuatro años, ya que los aliados aparentemente incondicionales del PT devinieron ni más ni menos que sus enemigos más acérrimos.

No otra cosa es lo que ha ocurrido con la destitución de su sucesora, Dilma Rousseff, quien tras asumir la presidencia en enero de 2011 comenzó a desarrollar una política económica dirigida a introducir modificaciones de importancia, particularmente para frenar el creciente déficit fiscal, el bajo crecimiento y las consecuencias de la «guerra de divisas» internacional que perjudicaba al sector exportador.

Desde 2012 en adelante, con la caída de los precios de los commodities, el PIB de Brasil comenzó a descender acompañado de una devaluación continuada del real, a pesar de lo cual mantuvo el nivel de empleo y asistencia social masiva.

Pero el segundo triunfo electoral de la presidenta en 2014 fue por un estrecho margen de dos puntos sobre su rival conservador Aecio Neves, ya en condiciones de abierta crisis económica y política que derivó, finalmente, en el juicio político que la destituyó provisoriamente este mes.

Las cifras de la crisis, más allá del estallido del Lava Jato, el caso de corrupción de políticos, funcionarios y empresarios alrededor de la empresa petrolera Petrobras, son terminantes para entender el proceso en curso.

El desempleo, que en 2010 estaba en 6,8% de la población económicamente activa, pasó en 2015 a 10,9%; el PIB pasó de crecer al 7,5% ese año a un retroceso del 3,8% el año pasado, resultado que será similar en 2016; la tasa de inflación casi se duplicó, desde 5,3% a 9,3%, mientras que la venta de automóviles se desplomó desde 700.000 a 446.000 unidades en el mismo período.

El sector automotor da un ejemplo aún más claro del derrumbe, ya que de los 3,7 millones producidos en 2013 pasó a una fabricación de apenas dos millones dos años más tarde.

El resultado de las cuentas fiscales es todavía más gráfico: allí donde el ex ministro de Finanzas Guido Mantega, hoy también procesado por corrupción, hizo grandes esfuerzos de recorte que derivaron en la alta impopularidad de Rousseff, se eleva actualmente a un record de alrededor de 10%.

Hoy, Brasil no puede atender en término el pago de salarios estatales, provisiones a la salud pública y el sistema de pensiones, necesidades de policía y fuerzas de seguridad y los planes sociales del PT.

El nuevo gobierno de Temer ha asumido en medio de una parálisis del mercado interno, como lo evidencia la caída del 7,9% de las ventas minorista en marzo pasado con respecto al mismo mes del año pasado, y con el objetivo de proceder a un ajuste fiscal, previsional y financieros de gran envergadura.

Con la crisis de los sobornos en Petrobras, desatada tras el hundimiento de los precios del petróleo y el fracaso de los planes de explotación off-shore de Brasil, las grandes constructoras cuyo símbolo es Odebrecht se encuentran en una situación muy crítica.

La onda expansiva de la crisis económica y el Lava Jato han dinamitado el sistema político y la confianza de la ciudadanía hacia los partidos y sus parlamentarios, todo lo cual hace que la aplicación de medidas antipopulares sean de difícil viabilidad, amén de que sus resultados tardarían más de un año en verificarse, según los analistas económicos.

El «milagro» brasileño ha devenido en la mayor crisis de la historia moderna de Brasil, superior a la de la Gran Depresión, y está planteando un desafío descomunal al poder económico, hasta ayer admirador de Lula y hoy marchando en bloque en su contra y a favor de un cambio radical del modelo perimido.

Fuente:Telam

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