«Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador»

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Por Facundo Gallego. Especial para LA BANDA DIARIO 

1. Oración Inicial

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Señor mío, Jesucristo, te doy gracias por haberme redimido con tu sacrificio en la Cruz. Bendito seas, Señor, por tu sangre derramada para lavar nuestros corazones y hacernos justos y agradables a Dios.

Te pido en este día que me concedas el perdón de mis pecados, que me ayudes ha serte fiel en mi vida cotidiana y me fortalezcas frente a mis miserias y dificultades. Confío en tu gracia, Señor. Amén.

2. Evangelio  de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 18,9-14

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo también esta parábola: «Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano.

El fariseo, de pie, oraba así: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas».

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador». Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».

Palabra del Señor

3. Meditación

En este fragmento del Evangelio, aparecen los dos personajes más singulares de la vida cotidiana de Israel. Por un lado, los “perfectos” fariseos, que buscaban el cumplimiento estricto de la Ley; y por otro lado, los “sinvergüenzas” publicanos, empleados de Roma y contrarios a los intereses del Pueblo de Dios.

Tanto el publicano como el fariseo suben al Templo de Jerusalén a hacer su oración personal. Jesús señala aquí dos actitudes muy distintas. En primer lugar, la del fariseo, quien, “de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’.”

Por otro lado, la actitud del publicano, quien, “manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador».

Fijémonos en el “estar de pie” del fariseo, y en el “permanecer a distancia” del publicano. En el primer caso, la soberbia de quien se yergue ante Dios. En el segundo caso, la humildad de quien sabe que no es más que polvo comparado con Él. El publicano busca su medicina. “Por tanto –dice San Juan Cristóstomo– que ninguno diga aquellas palabras frías: no me atrevo, tengo vergüenza, no puedo pronunciar palabra. Este respeto es propio del diablo. El diablo quiere cerrarte las puertas que dan acceso a Dios.”

4. Oración de petición

Señor, yo reconozco que soy un pecador. Tengo virtudes, es verdad. Pero no me las debo a mí, sino a Vos, que me has enseñado a ponerlas al servicio de los hermanos.

Te pido humildemente que laves mi corazón con la Sangre preciosa que has derramado en la Cruz, que no tengas en cuenta mis pecados sino mi fe humilde, sencilla, que solamente busca amarte cada día más. Confío en tu Misericordia, Señor. Amén.

5. Comunión espiritual

Jesús, mi alma y mi corazón anhelan recibirte sacramentalmente. Por desgracia, no puedo asistir a la Misa ni comulgar con tu Cuerpo ni con tu Sangre. Por eso te pido que vengas espiritualmente a mi corazón. Alienta mi deseo de recibirte, de no abandonarte, de unirme cada vez más a vos en la Comunión, para que mi alma se ilumine con la claridad de tu presencia Viva.

6. Oración final

Dios Padre, que has derramado tu gracia sobre nosotros aún a pesar de que somos indignos pecadores, queremos darte gracias por el amor infinito con que nos amas. Protege con tu bondad a toda tu Iglesia y a todo el mundo del avance del coronavirus, sana a los enfermos y dales el descanso eterno a quienes ya han partido de este mundo a causa de la infección.

Que la protección de la Santísima Virgen María y de San Roque nos ayuden en estos momentos de incertidumbre, y que pronto podamos volver a nuestros templos para alabarte y bendecirte. Amén.

En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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