«El cambio no es mágico», el nuevo mensaje del Gobierno

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Chapadmalal es el mensaje. Los intelectuales le piden al Gobierno un relato para conmemorar el primer año de gestión y la respuesta es un encuentro de trabajo del Gabinete en un sitio público austero, semiabandonado, con sucesivas conferencias de prensa y la última, de cierre, brindada por el Presidente. Ni discursos épicos, ni fiestas populares, tampoco informes de gestión. Apenas la puesta en escena de 35 funcionarios nacionales analizando el año que pasó, fortaleciendo vínculos personales y definiendo los objetivos de la gestión para el 2017 bajo un renovado realismo: sin expectativas de «cambio mágico».

Fue un módico relanzamiento y sin mucho para festejar. Las estadísticas exhiben sin pudor el parate de la economía y el fin de la ilusión de que en el último mes del año arrancaba el crecimiento.  Mauricio Macri desarrolló un talento inusual para continuar por su camino aún en las peores condiciones y sin perder la calma. Nunca dudó que estaría llegando al primer año de gestión sin grandes sobresaltos, pero ni en las peores pesadillas creyó que la economía seguiría insensible al optimismo que derramó durante los primeros meses de su Presidencia.

El retiro de Chapadmalal fue decidido en los días previos a cumplirse el año del ballotage, cuando el Gobierno tomó conciencia de que las buenas noticias se demorarían más de la cuenta y, definitivamente, no llegarían antes de las Fiestas. ¿Cómo enfriar las expectativas que Cambiemos había sembrado durante la campaña y que mantuvo durante todo el año hasta la victoria de Donald Trump en las elecciones de los Estados Unidos? Fácil: creando las expectativas contrarias.

Por cierto, muchas veces los funcionarios del Gobierno hablaron de que el cambio es un proceso día por día y ladrillo por ladrillo. También la gobernadora María Eugenia Vidal suele apelar a esa imagen fácil de comprender para explicar que los resultados tardarán en experimentarse en la vida cotidiana. Pero nunca como ayer fue tan contundente el mensaje presidencial: «Debemos alejarnos de la expectativa de cambio mágico», un balde de agua fría en la helada economía nacional.

como si hubiera caído en la cuenta de que no alcanzaba con su optimismo para generar inversiones o, simplemente, porque cree que ya no peligra la gobernabilidad en la Argentina y hay que predisponer a la población para una etapa con más esfuerzos que recompensas, Macri incluso se animó a dejar en claro que nunca será un líder mesiánico.

No es un novedad, claro, pero es valioso que lo haga explícito ante una sociedad acostumbrada a figuras presidenciales carismáticas y autoritarias. Sobre todo, porque vino acompañado de un «tampoco hay que esperar súperministros». Fueron dos definiciones sencillas que desnudan un modelo de gestión centralizado en un liderazgo no temido y facilitador del debate, pero vertical en las decisiones y controlador de las ejecuciones.

Un caso que ejemplifica a las claras el tipo de conducción que ejerce Macri es la decisión que tomó en relación al Decreto 1206, que modificó el 895 que fue publicado el 27 de julio de este año, reglamentando el «Sistema voluntario y excepcional de declaración de tenencia de moneda nacional extranjera y demás bienes en el país y en el exterior», más conocido como ley de blanqueo.

Nunca estuvo de acuerdo con exceptuar a los familiares de los funcionarios de la exteriorización de bienes adquiridos con anterioridad al ingreso de la función pública. No le parecía justo con las familias ricas de sus colaboradores ricos, ni tampoco con su padre. Sin embargo, aceptó que se apruebe en el Congreso de acuerdo al consenso alcanzado. Cuando pudo volvió a la carga con un nuevo decreto reglamentario, «aclarando» el anterior, dando «precisiones» para el blanqueo de bienes de cónyuges, hijos menores y padres de funcionarios.

Tan evidente es que descontaban un escándalo, que nadie se tomó el trabajo de explicarlo. Es comunicación política básica, a saber, lo que nunca va a caer bien en la población, mejor no gastar esfuerzo en defenderlo.

Sin embargo, no debe pasarse por alto que, además de la firma de Macri y el jefe de Gabinete, Marcos Peña, el nuevo decreto está rubricado por el ministro de Hacienda, Alfonso Prat Gay, el funcionario que explícitamente se opuso a que los familiares sean incluidos en el blanqueo. ¿Habrá sido esto motivo del largo enfriamiento del vínculo entre el Presidente y su Ministro de Economía?

Como sea, uno de los abogados más cercanos a Macri, con pedido de off, ante la pregunta de si el nuevo decreto es constitucional, le dijo a Infobae que «lo que era inconstitucional y violatorio del artículo 18 de la Constitución Nacional era la prohibición de que los familiares que demostraran que tenían bienes antes de que el funcionario asumiera no los pudiera sincerar», ya que al momento de adquirir el bien en el exterior no existía ninguna ley que facilitara su blanqueo. Y agregó: «Es evidente que en estos casos la adquisición de esos bienes no se relaciona con la actividad del funcionario público del que es pariente, por lo que no permitir el ingreso al régimen de estas situaciones es manifiestamente irrazonable, discriminatorio e inconstitucional».

Como la enorme mayoría de la población no tiene bienes en el exterior y, según el censo de 2010, hay 13.600.000 personas que ni siquiera tienen casa propia, el debate en torno al blanqueo de un departamento en París del padre de un funcionario cualquiera es insostenible.

Se sabe que en la Argentina, ser rico es sinónimo de maldad y, por el contrario, ser pobre es sinónimo de bondad.

Otro caso que exhibe el sistema de conducción de Macri es habilitar el acuerdo que la ministro Carolina Stanley realizó con las organizaciones sociales nucleadas en la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), con personería en el Ministerio de Trabajo, para actualizar los montos de los programas «Argentina Trabaja», «Ellas Hacen» y «Trabajo Autogestionado», además del aumento del 40% de las partidas de alimentos a comedores comunitarios y del 63% de las destinadas a merenderos comunitarios, junto con un bono de $1.000 por grupo familiar que reciba la AUH y la distribución de un millón de canastas navideñas entre los sectores vulnerables en todo el territorio nacional «mediante mecanismos ágiles y transparentes».

Además, avaló la aprobación en el Congreso del proyecto de ley de Emergencia Social, Alimentaria y de las Organizaciones de la Economía Popular que ya obtuvo media sanción de Diputados en la semana que pasó, por la que se crea el Consejo de la Economía Popular, un Registro Nacional de la Economía Popular y se habilita la asignación de 25.000 millones de pesos durante tres años, y otros 5.000 millones más si se hubiera  ejecutado el monto anterior.

Esta decisión que tomó solo, y luego de pensarlo con la almohada, después de una larga charla con Stanley, le permitió decir en la conferencia de prensa de ayer que su Gobierno es el de mayor presupuesto social en la historia argentina, sin exagerar.

No espera que lo aplaudan por eso. Sabe que su electorado no está en las barriadas populares sino en la díscola clase media que no entiende mucho lo que está haciendo, y que esperaba a esta altura del año una economía más vibrante. Está convencido de que ya pasó lo peor y que se viene una Navidad sin sobresaltos. Para el año que viene, como quiere ganar, sabe que tendrá que jugar otras cartas.

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