Marcelo Simón: el decano de Cosquín

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Aquí, una vez más, Cosquín. El encuentro más importante de Latinoamérica para la canción nativa y sus alrededores está listo para comenzar su 53º edición. A partir de esta noche regresarán las campanas, los fuegos artificiales, las arengas, los abrazos más o menos constrictores. Vuelven el barullo festivalero, los cantores y las canciones. A partir de las 22 (emite Canal 10 y la Televisión Pública), la plaza Próspero Molina apuntará los faroles sobre Alma de Luna, el conjunto que por ser la última Consagración debería, según la tradición, tener el privilegio de inaugurar esta edición de festival. Después habrá más: Peteco Carabajal, Raly Barrionuevo, Paola Bernal, Claudia Pirán, Bruno Arias, Suna Rocha, Franco Luciani, entre otros, darán forma a la primera de nueve noches y sus madrugadas.

En tanto, en otros rincones de esta ciudad que inventó un festival para arrancarse el estigma de «pueblo de tuberculosos» sin imaginarse que en ese mismo acto inventaría una de las costumbres más arraigadas para público y cantores de todo el país, la brega festivalera se prolongará con mil matices. Porque Cosquín también es la Feria Nacional de Artesanías Augusto Raúl Cortazar (hasta el 27 en la Plaza San Martín), el Encuentro de poetas con la gente (entre el 21 y el 26 en la Escuela Julio A. Roca), el Congreso del Hombre Argentino (entre el 21 y el 25 en el Centro de Congresos y Convenciones) y los Talleres Culturales, que hasta el 25 desplegarán propuestas que van desde lengua mapuche, tejidos wichi y cestería de Río Hondo y Mendoza, hasta educación para la paz, pasando por bombo legüero y murga. También, por supuesto, habrá espectáculos callejeros en plazas y balnearios. Y las peñas. En materia de peñas, este año las propuestas formales son alrededor de 15, además de la Peña Oficial, que funcionará en el Centro de Convenciones. Por otro lado, las peñas informales van y vienen como el «dólar negro»: se resuelven en cuevas y según la demanda.

Y más allá de lo tangible, de lo que suena y de lo se escucha, acaso Cosquín, el festival, sea mucho más que una acción que se prolonga durante nueve noches en el corazón del Valle de Punilla; mucho más un objeto espectacular que cada uno se siente con derecho a adjetivar según el tamaño de su esperanza. Cosquín, posiblemente, sea ya una idea, un sentimiento perfecto sin comienzo ni final, que una vez por año se materializa para rendir cuentas. «Siempre que está por empezar Cosquín me hago la misma pregunta: si es el pasado o el futuro», dice Marcelo Simón, Maestro de Ceremonias y uno de los que más y mejor conoce la historia del festival. «Lo digo en muchos sentidos -continua-. Tengo muchos años de este Festival, donde alguna vez fui joven, y siempre resulta por lo menos un azaroso decir antes del inicio qué puede pasar. Pero siempre pasan cosas. Cosquín es una marca muy fuerte y atractiva. La gente asiste por los artistas, claro, pero también porque es Cosquín, que siempre termina dando respuestas».

-¿Qué te gustaría que pase en esta edición?

-Me gustaría que fuese un festival intenso y con sorpresas agradables. Es decir, un festival completo. Casi todos los años ha sido así, con momentos aburridos y otros plenos, naturalmente. También me gustaría que los artistas no hagan ademanes de sorpresa cuando nos toca despedirlos del escenario. Yo admiro a los artistas y ellos saben que tienen un tiempo previamente acordado para actuar. Por eso creo que no es justo que pongan al presentador en el lugar del que viene a interrumpir una actuación, del verdugo de la situación.

Simón, que en esta edición de Cosquín encabezará una terna de conductores que se completa con Maia Sasovsky y Marcelo Iribarne, es una de las voces que con más criterio, mesura y conocimiento habla de folklore. Desde ese lugar, hace muchos años que sostienen una particular idea del rol del presentador en este tipo de eventos. «En 1968 yo trabajaba como libretista de (Julio) Maharbiz, que era el presentador, y le hice una carta a Wisner (Reynaldo, uno de los fundadores del festival) con la idea de eliminar los presentadores o por lo menos limitar su presencia -cuenta Simón-. La idea era que el presentador dijera apenas dos cositas y que el resto se urdiera con imágenes, danza, movimiento, luces. Es decir, que el festival hablase por sí solo. Que de pronto, por ejemplo, se abriera paso entre los bailarines un Cafrune ¿Qué necesidad había de presentar a Cafrune con palabras? Me vienen en mente esos presentadores que cuando presentan a un artista ya consagrado no tiene mejor recurso que decir ‘…un artista que no necesita presentación…’ Tiene razón, claro… ¡Pero lo presentan lo mismo!». «Hay artistas que por su labia filosa podrían presentarse solos -continua Simón-, pienso en tipos como Tarrago Ros o Juan Carlos Saravia, por ejemplo. Además, con las nuevas tecnologías al servicio de la escena, hoy sería posible elaborar recursos más impactantes que el relato de un presentador».

-Hablando de relato, como libretista o como presentador vos le diste un lenguaje propio a Cosquín, que después muchos siguieron…

-Posiblemente. Pero es un lenguaje que de todos modos hoy es antiguo. Tuve un par de ideas y a algunas me las arruinaron los organizadores (risas). Por ejemplo yo le robé a José Pedroni eso de las nueve lunas, que quedó hasta que empezaron a hacer diez noches de festival. Imaginate un embarazo de 10 lunas…

Momentos gratos Mientras prepara su pipa para otra encendida, Simón habla con voz pausada y desgrana recuerdos. «Seguramente mi experiencia con el ballet del Chácaro y Norma Viola, fue de lo mejor que me pasó en Cosquín -evoca-. Fui libretista y autor de muchas de las puestas que hicimos, algunas inolvidables como La Salamanca o El cruce de Los Andes. En esta última Jorge Cafrune actuó por última vez en Cosquín. Fue en 1978, yo hice un libreto que fue controlado por el Instituto Sanmartiniano y pude trabajar pese a la proscripción, pero no podía firmar lo que escribía.

-También hubo una puesta sobre El Cordobazo…

Marcelo Simón vuelve a ponerse al frente del Festival de Cosquín como maestro de ceremonias

-A esa la prohibieron antes del estreno. Podría haber pasado inadvertida, pero días antes saló una nota en Primera Plana, de Timerman, y vino la policía mientras ensayábamos en la plaza. Nos advirtió que si la hacíamos retirarían la custodia policial del festival. Era los primeros años de la década de 1970 y los organizadores prefirieron la custodia.

Antes que el perfume del tabaco para pipa se convierta en el argumento central de la conversación, Simón trae otros recuerdos. Recuerda a Cafrune panza al aire en La Toma, a Hernán Figueroa Reyes entrando a La Europea, de Jaime Dávalos entre la gente y Ariel Petrocelli expulsado del festival por contar cuentos «lesivos para la fe católica» (se ríe). También recuerda la rivalidad entre Los Fronterizos y Los Chalchaleros, del impacto que produjeron Los Fronterizos, Los Trovadores, Eduardo Falú. Y del Camín de Oro, máxima distinción que concede el festival, que le fue otorgada en la 50° edición. «Lo recibí junto a Horacio Guarany y que me hayan equiparado a esa gloria fue para mí la máxima satisfacción -dice-. Creo que Guarany fue el artista que durante más años estuvo en la cima de la popularidad».

Popularidad, público, artistas. Cosquín está por comenzar y mucho puede pasar. «Ojo -advirte Simón-. Es imposible que un festival refleje todo. Sabemos que el folklore de hoy es un género múltiple, pero creo que no hay un sitio que lo refleje mejor. Cosquín tiene un compromiso con sí mismo que lo compromete. Muchos lo critican, a veces con razón y otras menos, y eso quiere decir que tiene peso. Tiene importancia decir algo de Cosquín».

Fuente: La Voz del Interior

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