«Misericordiosos como el Padre es misericordioso»

0
218

Por Facundo Gallego. Especial para LA BANDA DIARIO

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (5,43-48)

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes han oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo»; y odiarás a tu enemigo.

Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.

Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es
perfecto el Padre que está en el cielo.

Palabra del Señor

Comentario

La justicia menor de los fariseos y escribas de la época consistía en corresponder la amistad con amor, y la enemistad con odio. Sin embargo, Jesús nos propone ensanchar el corazón, no ponerle límites a nuestro amor. “Amen a sus enemigos, rueguen por los que los persiguen…” (v.44) Pero aquí podríamos plantearle dos problemas al Señor.

En primer lugar, ¿cómo puede la Ley (y Dios, autor de la Ley) mandarnos amar a alguien, si el amor no se puede mandar? En efecto, los sentimientos muchas veces no los dominamos: surgen. Es innegable que el amor requiere sentimiento, pero el sentimiento no es necesariamente amor: cuando hay muchas palabras y pocas acciones, entonces no hay amor fuerte, real, duradero. El amor que nos pide Jesús es a la vez afectivo y efectivo: que sienta y haga el bien al hermano. Al fin y al cabo, amar es buscar el bien del amado. Por eso, el amor cristiano es una virtud que se practica con insistencia y con la ayuda de la gracia de Dios. Así, podemos entender por qué Dios nos manda que nos amemos mutuamente: porque Él nos da la gracia, y nosotros somos capaces de corresponderla.

En segundo lugar, podemos decirle al Señor: “bueno, amaré a los demás… Pero no me pidas que ame a mis enemigos, porque ellos no merecen ni que los recuerde.”

Este mandamiento parece ir en contra de nuestra naturaleza; pero leamos lo que
nos dice San Jerónimo, el gran traductor de la Biblia: “Muchos, midiendo los preceptos de Dios con su debilidad y no con la gracia o fuerza de los santos, dicen que son imposibles las cosas preceptuadas, y que basta para la virtud no aborrecer a los enemigos, porque, el amarlos, es más de lo que puede soportar la naturaleza humana. Pero debe tenerse en cuenta que Jesucristo no manda cosas imposibles, sino perfectas. Esto nos enseñó el Señor, y lo hizo también diciendo:»Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”

Cuando nos cueste perdonar una ofensa, o nos pese tener que hacer un bien a alguien a quien no queramos mucho, simplemente recordemos esto: Jesús nos da la gracia de amar a todos como Él mismo nos ama, y de procurar el bien de todos, como Él mismo lo hace todos los días. Así, viviremos la plenitud del amor, y seremos libres de visiones tan terrenales para poder vivir la vida de perfección de los hijos de Dios: Misericordiosos como el Padre.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here