«No tentarás al Señor, tu Dios»

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Por Facundo Gallego, especial para LA BANDA DIARIO 

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (4,1-11)

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes». Jesús le respondió: «Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad Santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Jesús le respondió: «También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios».

El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: «Te daré todo esto, si te postras para adorarme». Jesús le respondió: «Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto». Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.

Palabra del Señor

Comentario
¡Feliz domingo para todos ustedes, queridos hermanos en la fe de Cristo! Que la gracia y el amor del Padre y del Espíritu Santo estén ahora y siempre con todos nosotros; y que la Virgen María nos lleve con su amor hasta el Cielo. ¡Amén!

Hoy, estamos celebrando el primer domingo del tiempo de Cuaresma, un tiempo que hemos comenzado con el Miércoles de Ceniza, y que se extenderá hasta el Jueves Santo por la noche.

¿En qué consiste la Cuaresma? Pues bien, es un tiempo litúrgico que nos llama a vivir la conversión y la esperanza. Dios nos mueve con su Espíritu Santo a reconocer nuestra fragilidad y nuestros pecados, y nos alienta a continuar nuestro camino y nuestra lucha contra el mal dándonos la seguridad de la victoria de Cristo, resucitado de entre los muertos. Este camino de conversión, cuya meta está en la Pascua, es muy propicio para nosotros, los cristianos: y la manera de recorrerlo es volviendo a Dios mediante la limosna, la oración y el ayuno.

Como hemos dicho el Miércoles de Ceniza, la limosna, vivida no solamente de manera monetaria, sino también espiritual, nos ayuda a sanar con la caridad las relaciones con los hermanos. Por su parte, el ayuno de algunos alimentos y de los vicios y pecados que cometemos regularmente, nos ayudan a reconciliarnos con nosotros mismos y nuestra condición pecadora. Y la oración, aquella que se hace pidiéndole a Dios sobre todo la gracia de una vida cristiana coherente, es la que nos ayuda a sanar nuestra relación con Él. Así, en todo vivimos la caridad y la unión fraterna.

El Espíritu Santo

El Evangelio que hoy nos propone la Iglesia es muy acertado para este contexto cuaresmal. Jesús, quien por entonces ya tenía sus treinta años, se presentó en el río Jordán y se hizo bautizar por Juan el Bautista. Dice la Escritura: “Una vez bautizado Jesús, salió del agua. De repente, se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: ‘Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco’.” (Mt 3,16-17).

Ese mismo Espíritu Santo que se manifestó en el bautismo de Cristo, fue quien lo impulsó al desierto. Allí, el diablo hizo de las suyas y comenzó a tentar al Señor de manera totalmente irreverente.

Con nosotros sucede algo semejante. Quienes hemos recibido la gracia de haber sido bautizados, hemos recibido también al Espíritu Santo. Él ha comenzado a habitar en nuestra alma como una paloma en su nido desde el momento de haber recibido el sacramento de la vida nueva. Él nos ha hecho hijos de Dios, y el Padre mismo repite
para nosotros las palabras que pronunció en aquella oportunidad para Cristo: “Éste es
mi hijo amado…”

Bautismo

El bautismo que recibimos nosotros ha dado lugar a dos cosas. Por un lado, ha borrado el pecado original con el que todos nacemos, propio de nuestra naturaleza herida por el pecado de soberbia de Adán y Eva, que comieron del árbol luego de haber sido tentados por el diablo. Por otro lado, nos ha dado la vida de hijos de Dios, la herencia máxima.

Aunque el pecado original ya no está, queda en nosotros la inclinación a pecar: la concupiscencia. A esa inclinación arremete el diablo cada vez que quiere tentarnos a hacer cosas que nos alejan de Dios, de los hermanos y nos aíslan en nosotros mismos.

Sin embargo, el Espíritu Santo no nos abandona: nos da la fortaleza y el consuelo en medio de nuestras tentaciones. Lamentablemente, muchas veces no hacemos caso de sus consejos y despreciamos su ayuda, y nos entregamos al pecado y a las obras vanas.

La Cuaresma es una oportunidad perfecta para “dejarnos reconciliar con Dios” (2 Cor 6,20): es momento de hacer las paces con el Espíritu Santo y decirle: “paloma dócil, aquí está nuevamente tu nido”, y presentarle nuevamente nuestro corazón herido para que Él lo sane y lo habite nuevamente.

El dulce consejero

El Espíritu Santo nos aconseja continuamente para que vivamos cada vez mejor nuestra vida cristiana. Este tiempo de Cuaresma es un llamado a dejarnos guiar por Él hacia el desierto para reconocer nuestra limitación, nuestra pequeñez ante un Dios tan grande y poderoso.
No hay que tenerle miedo al desierto, es decir, a estos cuarenta días de privaciones y obras de misericordia. Es más, no hay que tener miedo de las tentaciones que puedan surgir en el medio, ni creer que por sentirlas ya hemos perdido la batalla.

Cada vez que el diablo tienta a Jesús, Él le responde con la Palabra, con un texto de la
Sagrada Escritura, con la misma voz del Espíritu Santo.

Por eso, en estos días de Cuaresma, es importante que pidamos insistentemente que venga el Espíritu Santo sobre nosotros y nos aliente en un firme propósito: ser cada día más agradables a Dios, buscar solamente SU aplauso y el de nadie más. El Espíritu Santo nos irá ayudando en este camino. Si cada día nos disponemos a rezar un minuto a este Espíritu, Él vendrá en nuestra ayuda, y nos irá aconsejando para poder mejorar nuestra vida cristiana.

Pero, sobre todo, se encargará de algo muy importante: que no nos olvidemos nunca que la victoria está asegurada: Cristo vence. Ni la muerte pudo con Él. Menos podrá con nosotros, que queremos resucitar con Él a una vida nueva.

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