Prostitución y feminismo: ¿contradicción o reivindicación de derechos?

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Corría el año 1910 y en la Argentina se realizaba el primer Congreso Femenino en Buenos Aires. Julieta Lanteri, una de las pioneras del movimiento de mujeres en el país, formulaba en un encendido discurso que la prostitución debía «desaparecer», porque «es para la mujer moderna su mayor dolor y su mayor vergüenza». También planteaba que la mujer «nació siempre purísima y angelical, y fue desviada de sus instintos naturales que la llevan a la maternidad y al cuidado de la prole, por la sensualidad y la ignorancia».

Las palabras de Lanteri alborotaron el cónclave. Si bien logró el apoyo de la mayoría, se oyeron algunas voces de disenso. Había que definir si se aceptaba o no su propuesta: que surgiera de ese congreso «un voto de protesta contra la tolerancia de los gobiernos que sostienen y explotan» la prostitución.

– «¿No podría hallarse una fórmula concebida en términos menos extremos?», preguntó una joven Ernestina López.

– «No, no. Es preciso condenar enérgicamente este mal», respondieron varias congresales casi al unísono.

La votación fue 32 a 14 a favor de la condena.

El feminismo en Argentina, al igual que en todo el mundo, arrastra hasta el día de hoy un debate irresuelto que divide al movimiento: el de la prostitución. Mientras para algunas activistas la venta de sexo -sobre todo la trata- es una característica más de la «subordinación patriarcal» a la que están sometidas las mujeres, para otras se trata de una actividad como cualquier otra -siempre y cuando sea escogida en forma libre- y debe ser reconocida y regulada por el Estado.

Ante la pregunta ¿qué se debe hacer con la prostitución? surgen diversas posturas. Existen al menos cuatro modelos normativos en discusión, dentro del feminismo y fuera de él: el abolicionismo, el reglamentarismo, el prohibicionismo y el regulacionismo.

Al interior del feminismo, la cuestión genera fuertes tensiones. Las abolicionistas promueven un mundo sin prostitución, ya que la entienden como un mercado creado para satisfacer los deseos sexuales del hombre en el marco de una sociedad profundamente desigual, en el que la mujer es considerada una esclava sexual, aún cuando esta no lo conciba de esa forma. En cambio, las regulacionistas impulsan la legalización y regulación de la actividad por parte del Estado. Consideran a la prostitución un trabajo y, como tal, exigen que sea alcanzado por la legislación laboral, con derechos y obligaciones para quienes lo ejercen. El regulacionismo es motorizado mayormente por las asociaciones de prostitutas y trabajadoras del sexo. La Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR), el gremio de las trabajadoras sexuales que está afiliado a la CTA, presentó en 2013 un proyecto de ley en ese sentido, aunque nunca fue tratado. Infobae dialogó con dos de sus referentes.

Georgina Orellano tiene 30 años y es la secretaria general de AMMAR. Es una activista por los derechos de las mujeres, en especial, de las prostitutas.

María Riot (su nombre real es Florencia) tiene 25 años. Es vegana, animalista, actriz porno y trabajadora sexual desde los 21.

Georgina trabaja en la calle, María no. Georgina se inició primero en el trabajo sexual y luego en el feminismo. María, al revés. Pero las dos militan en el sindicato con las mismas ideas  y el mismo fervor. Tienen muy en claro lo que son y lo dicen con orgullo: «Feministas y putas».

– Hay quienes creen que a la prostitución se llega a partir de un estado de necesidad, de marginalidad y de desesperación. ¿Cómo es el caso de ustedes?

Georgina Orellano: La mayoría de los trabajos a los que podemos acceder quienes pertenecemos a la clase trabajadora surgen de una necesidad. La necesidad de conseguir una remuneración económica y mejorar así nuestra calidad de vida. Si se piensa que el trabajo sexual no puede ser reconocido como trabajo porque se llega por una necesidad, y que por eso hay que abolirlo, entonces hay que abolir el sistema. Hay que darse una vuelta por las fábricas y otros mercados laborales. Hay un montón de personas que no eligieron qué trabajo hacer sino que están condicionadas por el capitalismo a la desigualdad, a las malas condiciones laborales. Una opta dentro de las pocas posibilidades que tiene. En mi caso, ser niñera no me gustó porque no tengo paciencia con los chicos. Como empleada administrativa me sentí super explotada, muy mal paga. Frente a esas pocas opciones que tenemos por ser parte de esa clase -y sobre todo por ser mujeres- yo elegí ser trabajadora sexual porque me da ciertas libertades, aparte de ganar tres o cuatro veces más que en los otros trabajos.

María Riot: A los 21 años me costaba mucho conseguir empleo o los sueldos eran muy bajos, siempre en negro. Soy de General Rodríguez y nunca podía alquilar en Capital, me costaba mucho estudiar y trabajar a la vez. Viajaba muchísimo y mal. Tampoco tenía la posibilidad de que mis padres me paguen un departamento, como le ocurría a algunas compañeras. Busqué otra salida para mi vida y el trabajo sexual no era algo que veía de mala manera sino todo lo contrario. Ya lo había ejercido un tiempo en forma virtual, en webcams, y dije, ¿por qué no llevarlo a la realidad?

– Algunas feministas abolicionistas plantean que la prostitución no es una actividad «elegida» sino impuesta por un sistema «patriarcal», y además, es violenta en sí misma. ¿Qué responden a eso?

Orellano: Las abolicionistas dicen que hay un abuso de poder del cliente hacia nosotras. Nosotras decimos que hay una negociación entre dos partes, en la que siempre la que tiene la última palabra es la trabajadora sexual. No nos gusta que nos pongan en ese lugar de mujeres tontas, que no sabemos decidir qué precio ponerle a nuestra sexualidad y que el hombre viene y hace lo que quiere. No es así. Los límites los ponemos nosotras. Obviamente hay situaciones de violencia que como movimiento de trabajadoras sexuales estamos reflejando todo el tiempo. Pero a la inversa de lo que el abolicionismo plantea sobre la prostitución como violencia hacia nuestros cuerpos, para nosotras la violencia que sufrimos viene de parte del Estado. La violencia institucional parte del limbo legal en el cual hoy está el trabajo sexual en nuestro país.

Riot: El problema del abolicionismo es que toma algunos testimonios de malas experiencias, en un contexto de vulnerabilidad, ya sea porque no querían ejercer la prostitución o fueron engañadas, y amplifican esas voces como las únicas posibles. Para el abolicionismo, toda transacción de dinero por sexo es violenta. Solo se puede vivir la prostitución como víctima. Entonces cuando aparecemos nosotras como trabajadoras sexuales que decidimos serlo y exigimos derechos, buscan invisibilizar nuestras voces. Aceptamos que hay personas que no quieren ejercer la prostitución y exigimos derechos para ellas, que también haya políticas públicas para que puedan salir de esa situación y elegir otro trabajo. Todas tienen que ser escuchadas.

– ¿Cómo aplica el Estado esa violencia institucional?

Orellano: Las políticas prohibicionistas que se llevaron adelante en los últimos años nos empujaron a ejercer nuestro trabajo en situaciones de marginalidad. El Estado argentino entiende que todo es trata, desligitimando nuestros testimonios, creyendo que es producto de un discurso que nos dijo nuestro patrón que tenemos que decir para cuidar su negocio. Nos redujeron como mujeres no pensantes, que somos inducidas por terceros a decir lo que tenemos que decir. Hoy por hoy no hay una diferencia entre trata, explotación laboral y trabajo sexual autónomo.

Riot: Esa confusión se ve reflejada en leyes, en criminalización a las trabajadoras sexuales, en más clandestinidad y más abuso policial. Nadie pregunta si la trabajadora quiere estar ahí o no. Se nos pone a todas en la misma bolsa, y así no se puede ayudar a quienes no quieren hacerlo. Nosotras pedimos que caso por caso se vea resuelto. Que se le puedan dar oportunidades laborales reales a esas mujeres. Pero las complejidades que hay en esta actividad quedan simplificadas en abolir o penalizar al cliente.

– ¿Hay una situación de desigualdad de género en el acto sexual pago? ¿Por qué hay muchísimos más hombres que pagan por sexo que mujeres?

R: Reconocemos que hay cierta desigualdad, no en la prostitución sino en el sistema en el que vivimos. El hombre siempre fue el que tuvo acceso a tener más dinero, mejores trabajos que las mujeres y plena libertad sexual, por eso hay más hombres pagando por sexo. Pero se sigue adjudicando todos los problemas sociales, culturales o económicos a la prostitución. Hay que ir a la raíz del problema para que esa desigualdad no ocurra en el ámbito de la prostitución y en todos los ámbitos. Podríamos decir lo mismo de la empleada doméstica, una mujer pobre que limpia la casa de alguien rico, muchas veces en malas condiciones. Ahí se pidieron derechos laborales. ¿Qué diferencia hay con la prostitución?

O: Las pocas mujeres que toman servicio de trabajadores sexuales lo hacen con mucha culpa. Eso reproduce los mandatos culturales que indican que cuando la mujer siente placer siempre tiene que sentir humillación. El sexo es algo que el hombre tiene ganado para su territorio y la mujer simplemente tiene que ceder y dar placer. El hombre parece estar obligado a reforzar su sexualidad: a los 12 años un papá lleva a su hijo a debutar con una prostituta. ¿Cuándo se empezó a hablar del placer de la mujer? Es difícil que una mujer pague por sexo cuando recién algunas están reconociendo que se masturban. Esa visión moral de la sexualidad hace que mucha gente se reconozca como abolicionista apelando al «asco». El asco no es un sentimiento legítimo para decir si un trabajo debe ser reconocido como tal o no.

– Suelen darse fuertes cruces en los talleres del Encuentro Nacional de Mujeres entre las abolicionistas y las que no lo son ¿Cómo conviven esas dos posturas en los espacios de militancia feminista?

O: Por supuesto que todas pueden convivir, porque no hay un feminismo único. Claramente con algunas cosas se generan diferencias. Creo que hay que traer al feminismo las voces de las verdaderas protagonistas. La que vive la violencia en carne propia, la que abortó de manera clandestina y no la que hable por las otras desde un lugar distinguido, detrás de un escritorio. Hay otras feministas que hablan de prostitución y nunca se comieron un día en cana, no saben lo que es el estigma de ser puta. Eso de decir ‘esta no puede hablar pobrecita, entonces yo hablo por ellas’, es una actitud paternalista, maternalista. Cuando caímos por primera vez al Encuentro de Mujeres, como lo hacen otros sindicatos, lo primero que nos dijeron es: «Ah, no, pero eso no es trabajo. Es indigno». Nos hacían un juicio de valores. Nuestro trabajo no es indigno, indignas son las condiciones en las que trabajamos, como muchos otros sectores.

R: Así como el lesbianismo, el aborto, o el ingreso de compañeras trans fueron temas que dividieron al feminismo décadas atrás, hoy tenemos pendiente el debate del trabajo sexual. Yo creo que, hoy por hoy, ser abolicionista es estar a favor de que la policía persiga a todas las mujeres que quieren ejercer el trabajo sexual bajo cualquier modalidad.

– La lucha contra la trata parece un argumento imbatible entre los que esgrimen las abolicionistas. Es decir, nadie puede abiertamente avalar ese delito aberrante.  ¿Ustedes qué proponen para combatirlo?

R: Yo no veo que las abolicionistas estén creando políticas públicas que realmente ayuden a combatir la trata. Por el contrario, están poniendo cada vez más trabas porque ahora la ley anti trata no distingue el consenso. Tanto Georgina como yo podemos ser consideradas víctimas de trata. De hacho, muchas veces quedan registradas compañeras como víctimas rescatadas cuando en realidad eran trabajadoras autónomas trabajando en un departamento que la policía allanó. Cuando hay un sistema que favorece a las mafias, obviamente va a haber gente que hará un provecho abusivo con las trabajadoras. La abolición nunca va a suceder. Solo genera más clandestinidad y abusos.

O: Las trabajadoras sexuales también queremos que la trata de personas no exista. Ni que se le tenga que entregar parte de las ganancias a un tercero. Cuando el Estado empezó a querer prohibir el rubro 59 pensando que así iba a combatir la trata de personas invitó a un montón  de organizaciones de la sociedad civil, pero nunca invitó a las putas. Es decir, estaban decidiendo sobre nosotras, pero sin nosotras. Durante mucho tiempo estuvimos dando vueltas en ese discurso de que las trabajadoras sexuales tenemos que combatir la trata. Pero es como mucho ya, porque tenemos que luchar por nuestras condiciones laborales y también contra la trata. Es el Estado el que debe resolverlo, pero no prohibiendo los cabarets o el rubro 59, ni penalizando a clientes.

– ¿Qué piensan cuando escuchan el lema «Sin clientes no hay trata»?

O: Sin clientes no hay plata (ríen). La verdad que eso fue toda una política de comunicación del anterior gobierno de intentar generar conciencia, que algunos sectores lo utilizaron para intentar penalizar al cliente de prostitución. Nosotras nos reunimos con ellos para decirles que era sumamente discriminatorio, que le estaban trabajando la culpa a los hombres con esos spots. Los metían entre pausa y pausa en el medio de un mundial. Fue una jugada inteligente. Además, jugaron con nuestro propio lenguaje, porque quienes le dicen «cliente» a quienes demandan nuestros servicios somos nosotras. El hombre que demanda un servicio a una mujer que está ejerciendo la prostitución contra su voluntad no es un cliente, es un delincuente. ¿Pero por qué sólo ven trata en la prostitución? Hay trata de personas en los talleres textiles y en los campos, donde trabajan pibes de seis años. ¿Por eso hay que dejar de comprarse zapatillas? La trata de personas existe porque hay una complicidad política, policial y judicial. Es correr el foco, ir por el último eslabón.

R: Muchas veces las abolicionistas difunden estudios en los que se afirma que bajó el trabajo sexual. En realidad no es que bajó, sino que ahora está más oculto. Está en los suburbios, en los departamentos privados, en internet. Lo que hizo el gobierno es limpiar las calles. Pero las trabajadoras sexuales más pobres, que no tienen acceso a internet, siguen estando en la calle, con todos los riesgos que eso conlleva.

– En los últimos años la Argentina tendió más a una línea prohibicionista, a la par que el gremio de ustedes creció notablemente. ¿Cómo se explica?

R: Sí. Eso habla de por qué cada vez más trabajadoras se acercan a AMMAR. Muchas llegan diciendo «me quedé sin lugar de trabajo. ¿Ahora qué hago? no quiero ir a la calle porque tuve problemas». Hoy, en 2017, hay mujeres que van presas de uno a 60 días por ejercer en la calle. El trabajo sexual no es delito en Argentina, pero tampoco hay condiciones para realizarlo.

O: También creció la organización porque hoy por hoy hay otros medios donde las trabajadoras sexuales cuentan sus experiencias, algo que en el 2000 no existía. Son nuevos canales de difusión que hacen que las trabajadoras sexuales lleguen a lugares donde las compañeras están organizadas. A nosotras nos escriben desde todo el país contando sus experiencias. Antes, el contacto con las bases era únicamente a partir de nuestras recorridas en la calle. Hay una necesidad imperiosa de contar para romper un poco el cerco del discurso abolicionista que predominó durante mucho tiempo en este país, y que hizo que mucha gente eligiera taparse, esconder su verdadera actividad. No es fácil decir «yo soy trabajadora sexual». Hay familias que lo aceptan y otras que no. Hay todo un estigma.

– AMMAR presentó un proyecto de ley en 2013 para regular la actividad a nivel nacional. ¿Qué modalidad de trabajo propone?

O: El autónomo, en todas las modalidades que las mujeres decidan. De todas maneras, también es necesario revisar la legislación de cada provincia. Hoy en 12 de ellas tenemos prohibidos los cabarets. Todavía no está la maduración política para tratar este tema.

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