Recuerdos de Balderrama

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Arte La Banda Diario

Por Domingo Schiavoni Así como se ha generalizado el dicho de que “entre bomberos no se pisan la manguera”, de rebote se acuñó otro que no es menos ocurrente: “entre poetas no se chorian la lapicera”. Viene a cuento de una anécdota muy curiosa que ocurrió hace una pila de años y que voy a contarles hoy, o que en realidad estoy escribiendo este martes a las cuatro y media de la mañana, porque de no ser así la musa no aparece y los recuerdos se vuelven resbaladizos como anguilas. Así que he debido amanecer temprano nomás, armar al alba el acullico para que las sinapsis neuronales no entren a chisporrotear, y encima mandarme dos tazones de café bien negro para estar lo suficientemente despabilado. Fulera se iba a poner la cosa si le llegaba a fallar a mi hermano y colega Alfredo Peláez, que fue quien me introdujo en este maravilloso universo del periodismo santiagueño allá por 1976. Espero que también sean condescendientes conmigo los amigos de “Patio Santiagueño”, memorable página a la que va destinada esta prescindible prosa, y no se les vaya a ocurrir amenazarme con expropiarme la ciudadanía santiagueña, que tomé de prestado. Esta historia comienza una noche cualquiera de los años ’80, en que el ya consagrado vate santiagueño Felipe Rojas, bandeño el hombre y de una inspiración mefistofélica (no porque le gustaran los gatos, sino por la diversidad de su producción), fue invitado por sus colegas de Salta para que conociera por unos días esa misteriosa bohemia nocherniega que define a la lírica de mi provincia chica, y que -conforme ya expliqué muchas veces- difiere muy mucho de la santiagueña. En efecto, acá parece que la inmensidad del paisaje y sus criaturas y la interminable pampa esteparia que nos cobija nos forzara a reparar en lo que existe afuera de nosotros. Allá, acunado entre montañas bajas, el valle de Lerma es más propio para la indagación interior, para el sosiego quedo del poeta, que se vuelve nostálgico y se llena de melancolía hurgando sus propios entresijos del alma. Fue buena, pues, la idea de compartir experiencias, y hacia Salta partió una noche Don Felipe, que se nos fue hace unos años y ya me empieza a agarrar la gran tristeza de no tenerlo vivo para que diga que lo que cuento es verdad, siendo recibido por una banda de vates temulentos y festivos que lo querían probar al hombre, para ver hasta dónde aguantaba. Como no podía ser de otro modo, esa misma noche lo llevaron para el Boliche Balderrama, que ya no era el que todos conocimos en sus albores, allá por los ’70, lleno de cocheros de plaza desbraguetados y amanecidos en busca del primer cliente, de esos que arriman sus árganas y sus almácigos hasta el viejo Mercado San Miguel, para vender tempranito la verdura de la Colonia Santa Rosa. Pero aún se eructaba con alcurnia para agradecer la comida, y sin que nadie se ofendiese, y el panzón de Don Juan respondía con un “satftén” bien árabe (aunque él no lo era), para expresar su complacencia por la dilección de su clientela. La honorable embajada que recibió a Felipe estaba presidida, según me acuerdo, por el “maestro mayor de obras “ Teuco” Castilla, el hijo de mi “tío” Manuel, que por ese tiempo se había vuelto medio ecologudo y aprovechando una beca del Congreso de la Nación había viajado hasta Malasia para investigar cómo se podía evitar la deforestación de las yungas nativas. Y tras suyo se alineaban, en disciplinado orden de prelación, otros grandes jóvenes de la época, que vendría a ser la “generación dorada”, los hijos de los poetas más afamados de Salta, además de una camada más joven sin prosapia ya, pero igualmente ilustres. Me acuerdo de casi todos: el “Luchín” Andolfi, el “Jetón” Hugo Ovalle, mi gran cumpa y hermano el Hugo Alarcón (autor de esa deliciosa “Zambita del orejero” que popularizaron Las Voces de Orán en su primera formación), el venerable Don Wálter Adet (de quien se decía que había sido el único capaz de hacer una verdadera antología de las letras salteñas, porque las demás eran puras “antojologías”), el Negro Benjamín Toro y el novísimo Luis Escribas, a quien yo ya había iniciado en el periodismo gráfico. La tenida fue agradable. Al principio medio sin cantar “quiero”, porque nadie lo conocía bien al santiagueño, y otro tanto por presumir. Así que se pusieron a hablar de Rimbaud y Baudelaire, desparramando ilustración por el salón, hasta que ya medio machado al Hugo Alarcón se le ocurrió comenzar a contar la historia de “Pinguera”, un cuento que estaba por escribir, que siempre decía que iba a escribir y que al final se murió sin escribirlo el pobre. “Pinguera” iba a ser la historia de un changuito que había encontrado un preservativo en las calles polvorientas del “Bajo” y que, inflado en la punta de un palito lo llevaba como estandarte a la victoria, sin saber que no era justamente una bombita de carnaval. Ahí ya se puso a tono el bandeño, al que le encantó la historia. Dice su gran amigo el Roly Nazar (también bandeño y que, de paso sea dicho, viene a ser mi cuñado) que fue justamente allí donde a Felipe se le prendió la lamparita de comenzar a escribir letras para guarachas y de paso ganarse unos buenos mangos… Ya amanecidos y sin una pizca de sueño, los líricos habían mitigado ya los efectos lascivos y cuchilleros del torrontés vallisto con semerendos acullicos de coca bien fresquita, y se encaminaron presurosos, bajo la fría ventisca mañanera, hacia lo del Turco Abud, pegadito al mercado, donde se hicieron servir un humeante “picante de gato”, para bajar la resaca y cambiarle el color al vino, como se estila allá en las amanecidas. Rojas pasó, pues, su primera noche como si lo hubiera entrenado el mismísimo Mourinhos, sin un gramo de sueño ni fatiga. Durante la mañana visitaron la ciudad, lo hicieron conocer a Felipe los lugares más lindos de “la Linda”, anduvieron por los diarios mostrándolo y haciéndose sacar fotos, y al mediodía se fueron para la Peña Los Gauchos de Güemes, al pié del Cerro San Bernardo, donde comieron un opíparo asado, con chinchulines y todo, y tuvieron de regalo una hermosa sobremesa animada por el Patricio Jiménez y el Chacho Echenique, que a la sazón estaban haciendo su retorno a los escenarios del pago, como Dúo Salteño, tras haber trajinado con éxito los de todo Buenos Aires. El comportamiento de Felipe seguía siendo excepcional. No lo iban a doblegar así nomas. Esa noche cumplieron un rito imprescriptible: se fueron a comer empanadas al Farito, al lado de la ex Farmacia Llovet, frente mismo de la Plaza 9 de Julio. Esa se puede decir que fue una reunión muy distinguida, porque entre los contertulios que habían trepado hasta el entrepiso por la escalera caracol, estaban el Cuchi Leguizamón, Don César Perdiguero, que acababa de cerrar la edición de El Tribuno del otro día, y el venerable Jacobo Regen, que ya se iba volteando su sexta ginebra de pura emoción nomás, porque acababa de ganar el premio del Septiembre Cultural en Tucumán con un poema muy económico de sólo siete versos. Era increíble la compostura de los changos, que a pesar de la soberana “mamúa” que se habían ido ganando, sólo se levantaban para ir y volver del baño, derechitos como sonámbulos. Al principiar el cuarto día, el Teuco le notó algo raro a Felipe, pero no dijo nada. Éste lo miraba como queriéndolo interrumpir y preguntar algo, pero no se animaba. Cabe aclarar a esta altura del relato que el rito de la nictalopía (ver de noche) se cumplía a rajatablas, como hacen los ututos, los búhos, los hurones y las comadrejas. Nadie había pegado un ojo desde la llegada del visitante, y ni siquiera había ido a la casa a darse un baño o a cambiarse la camisa. Felipe todavía no había conocido el hotel. Ese día almorzaron decentemente en La Madrileña, un restaurant que ya no está pero que entonces era foro de proverbiales pensadores, entre ellos el insuperable artista plástico Antonio Yutronich, que había decorado todo el restaurant con pinturas murales envolventes, pagándose así el almuerzo y la cena de un año. Fue el propio Yutro el anfitrión en este caso y cautivó a la cofradía al despachar una sesuda exposición sobre el marxismo leninismo en los tiempos de l onganiato, no sin antes manguear diez pesos al visitante para ir a comprarse un atado de Fontanares. A la oración Felipe ya estaba decididamente triste. Pero al parecer no era porque ya se tenía que volver a La Banda, sino porque lo había asaltado un brutal y repentino presentimiento. Toda la barra se daba cuenta de que algo pasaba, pero nadie se animaba a preguntarle. Y no era macha, para nada, porque el santiagueño seguía erguido como un quebracho. A eso de las ocho de la noche, sentado en un banco de la plaza y alejado del resto, Felipe Rojas le hizo su confesión a Castilla. – Che Teuco… ¡Tengo miedo, hermano!… – ¿Y de qué tenés miedo, Santiago?… – ¿Sabés de qué?… De que de tanto que se mos desvelao, yo ya no me pueda dormir más…

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