«Sal de la tierra y luz del mundo»

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POR FACUNDO GALLEGO, ESPECIAL PARA LA BANDA DIARIO

Martes X del Tiempo Ordinario

San Efrén – diácono y doctor de la Iglesia– 

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (5,13-16)

Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

”Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.”

Palabra del Señor

Comentario

A las bienaventuranzas le siguen estas dos comparaciones que hacen el Señor a sus discípulos: “ustedes son sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo”. Los cristianos hemos recibido en el bautismo el llamado universal a la santidad: a todos y a cada uno de nosotros el Señor nos ha constituido sal para realzar el sabor de la tierra y conservarla; y luz, para iluminar el camino hacia el Padre.

Ser sal es un compromiso muy grande que debemos aprender a asumirlo cotidianamente: con nuestros sacrificios, con nuestra predicación, con nuestra oración, con nuestras buenas obras, estamos cubriendo la vida de los hermanos, ayudándolos a conservar su vida de fe, a realzar el sabor de su rutina con el amor a Dios y al prójimo. Si nosotros no asumimos esta, nuestra parte, perderemos el sabor, no serviremos para nada, en el sentido de que nos alejaremos del horizonte de amor y santidad que Cristo nos propone para nuestra vida cristiana.

Ser luz se refiere más concretamente a nuestras buenas obras: ellas son un impulso grande de Dios, que nos mueve a querer hacer el bien y a realizarlo efectivamente, no quedándonos solamente en buenas intenciones. Si preferimos obrar el mal, o incluso, omitimos el bien, nuestra luz no se apagará (el llamado de Dios es irrevocable), pero sí quedará escondida bajo la cama, alumbrando a la nada, desperdiciando todo su potencial.

Por eso, hoy es un buen día para asumir nuestro compromiso bautismal, saborizando e iluminando la vida propia y la de los demás, procurando el bien de nuestros hermanos con nuestra palabra y nuestro ejemplo de vida; pero no buscando el aplauso, sino como dice la Escritura: “para que los hombres vean sus buenas obras y alaben al Padre que está en el cielo”.

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