Sombras y luces en la actuación Gerard Depardieu en Buenos Aires

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Foto Web

El astro francés Gérard Depardieu debutó este sábado en el Teatro Colón con un recital en el que recitó pasajes de algunos clásicos de las letras de su país, secundado al comienzo de cada esquicio por los pianistas David Fray y Emmanuel Christien, en el que quedó demostrado que es un gran actor en el cine.

El show -que se repite este domingo a las 20- comenzó con un pasaje de «Ruy Blas», de Victor Hugo, en el que un sirviente sustituye a su amo en una virtual corte española del siglo XVI y describe la situación caótica de la península para luego ganarse los favores de una reina que fue reacia a los embates de su señor.

El problema es que a Depardieu -brillante protagonista de los filmes «Novecento» y «La mujer de la próxima puerta», entre muchísimos-, se lo vio pesado en el andar, vestido de oscuro para disimular su enorme vientre, con problemas de respiración y con limitado juego de manos.

Cualquier espectador puede sentirse satisfecho al ver a un ídolo que conoció en la pantalla actuar allí, a pocos metros de su butaca, pero no es bueno asistir a la presencia de un histrión de 68 años que de alguna forma es víctima de su egolatría, como si fuera inconsciente de sus límites.

Se sabe que es millonario, que posee viñedos, que es sanamente salvaje en las conferencias de prensa -lo demostró días antes a su llegada a Buenos Aires- y se que hizo ciudadano ruso vía Vladimir Putin para no pagar impuestos en su país.

Por eso no es bueno asistir a una actuación donde lo importante es el deseo del espectador de que las cosas salgan bien, con aplausos que corresponden a lo que alguien hizo antes más que por lo que está haciendo en ese momento.

Es cierto, el público argentino no está acostumbrado a cierto teatro poético que los franceses cultivan desde el siglo XIX, en el que lo importante es la palabra más que el movimiento y la acción, pero en «Ruy Blas» Depardieu insistió en una monotonía que develó su falta de matices al pasar del susurro al grito sin nada en el medio.

(Muchos elencos académicos de América latina fueron en la centuria pasada descendientes de ese estilo a través de los españoles, como sucedió con el Teatro Nacional de la Comedia, instituido por Antonio Cunill Cabanellas en el Teatro Cervantes hacia 1935.)

La voz de Depardieu es inconfundible, como lo sabe cualquiera que haya visto sus películas, pero Depardieu en el escenario no ofrece las variables intermedias que hagan disfrutable un texto bastante arduo que -de paso- los sobretítulos en castellano enrevesaron más de una vez.

Mejor suerte tuvo con los dos segmentos dedicados a «Cyrano de Bergerac», cuyo protagonismo en el filme de Jean-Paul Rappeneau, de 1990, muchos conocen, porque allí tuvo oportunidad de tocar la melancolía y la fatalidad que ya estaban en la letra de Edmond Rostand, y porque aún en estos tiempos alguna gente se conmueve con la desventura de los que no fueron premiados por la belleza.

Antes de cada aparición del divo hubo ejecuciones de tres «Nocturnos» de Frédéric Chopin en uno de los dos pianos y el espectáculo levantó evidente vuelo en su segunda parte, cuando democráticamente el actor se puso al frente de una orquesta -argentina- de cuerdas, percusión y vientos, para relatar los movimientos de «El carnaval de los animales», de su coterráneo Camille Saint-Saëns, una pieza humorística y bella que levantó espontáneos aplausos para la contrabajista y la chelista, cuyos nombres no aparecen en el programa de mano.

En ese final, en el que Depardieu leyó la traducción al francés del poema «Insomnio», de Jorge Luis Borges, el milagro se produjo y entre el divo y la platea se estableció un contacto de humanidad antes inexistente.

Tras el intento de incluir algunas frases en castellano, Depardieu pareció soltarse y derramó una amplia simpatía: dijo «Yo no soy Al Pacino», en referencia a su colega hollywoodense que estuvo en el mismo escenario, y se fue besando las manos de las intérpretes de la orquesta, al tiempo que hacía ramitos y les regalaba las flores que le habían regalado a él.

Fuente: Telam

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