Cristóforo Juárez

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Cristoforo Juarez

Cristóforo Juárez era el tercer hijo de Vicente Juárez y Rosario Páez, a los 16 años se recibió de maestro en la Escuela Normal de La Banda e inmediatamente comenzó a trabajar como tal en Salavina. Su carrera fue brevemente interrumpida por el servicio militar obligatorio, luego de lo cual, a los 22 años se casó con Clara Rosa Caporaletti, y juntos fueron a enseñar a Suncho Corral. Luego pasó a La Isla, departamento Banda, donde se jubiló como director en 1955. Fue presidente del Consejo de Educación y también vocal. De su matrimonio nacieron cuatro hijas Nilda Rima, Selma Ruth (ya fallecida), Clara Rosa y Alba Alicia.

Se lo recuerda como un hombre inquieto y poco afecto a pasear en reuniones sociales: tuvo inquietudes artísticas, como que pintaba con el profesor Luis Schettini, publicó artículos periodísticos y poemas en la revista Picada, fue asiduo concurrente al Tiro Federal de La Banda: tiraba con fusil y carabina y obtuvo algunos premios e hizo saltos hípicos con un recordado caballo oscuro.
Publicó “Reflejos del salitral”, libro del que se hicieron tres ediciones, la primera en 1939. En ese tiempo halló en sus líneas el disparador de la soledad, el dolor que comenzaba con su papel protagónico en la literatura y la poesía del bandeño: “Me he bañado en la luz de sus lunas nevadas y he pasado corriendo, como sombra ligera de una nube lejana, sin dejarle mis rastros, sin dejarle mis lágrimas, tan salobres y amargas, que se estancan en mi alma como un gran salitral”.
En 1972 editó su libro “Cantares” que sirvió como fuente para muchos músicos que rescataban las viejas letras del folclore poético del Norte. Allí dice: “El hombre santiagueño está identificado con el paisaje que lo rodea por la copla, expresión simple y llana; madura de elocuencia y de honda raigambre sentimental”.
En 1974 apareció su libro Llajtay, de narraciones y poemas, en el que describe misterios y curiosidades de La Banda, desde sus personajes más relevantes, hasta las costumbres, sus paisajes, sus árboles, quebrachos, anécdotas de niño con el risueño tren real que une Buenos Aires con el norte argentino en una demostración de la valorización e instrumento vital de la unión de los pueblos y en 1979, “La Vara Prodigiosa”.
Un detalle poco conocido de su vida; era primo de Julio Argentino Gerez, considerado uno de los más grandes cultores de la música tradicional argentina, pues sus madres eran hermanas.
Su hija Alba Alicia lo recuerda como un hombre centrado, callado y muy ordenado, de trato afable pero firme con las hijas y con un hogar bien constituido y sólido.
Entre sus creaciones más originales y conocidas se cuentan “A la sombra de mi mama”, “Achalay tierra mojada”, “Quishcaloro, quishcaloro”, “Pancho Raco”, “Taruca Pampa”, “Qué más se puede pedir”, “Tata Nachi”, “Pampa de los Guanacos”, “Rubia Moreno”, “Pockoy pacha”, zambas y chacareras a las que músicos acreditados de Santiago y de la Argentina pusieron música para hacer que perdure su memoria en el pueblo que las sigue cantando. Escribió un ensayo sobre el folklore en Santiago del Estero y su familia conserva todavía versos inéditos que redactaba con su particular letra en prolijos cuadernos que el tiempo ha vuelto amarillentos, entre ellos, “Cartas de Cruz a Martín Fierro”, en décimas y otros.
Fue amigo de casi todos los cantores populares santiagueños de su tiempo, como Agustín y Carlos Carabajal, Alfredo Abalos y otros, que pusieron música a sus versos o los cantaron en noches al sereno, cuando las estrellas se marchan del cielo dando lugar a la alborada feliz del pago.
Falleció en Santiago, el 10 de marzo de 1980, en su casa de la calle Urquiza, a metros del parque Aguirre donde una placa todavía lo recuerda.
Extraído de una nota sin firma, del 27 de febrero del 2011, de Nuevo Diario.
Pampa de los Guanacos
Chacarera
Letra de Cristóforo Juárez
Musica de Agustín Carabajal
En Pampa de los Guanacos
yo vine dejando una flor
amores que se separan
padecen martirio y dolor.
En Pampa de los Guanacos
yo vine dejando una ilusión.
Dejé sentidas vidalas
que andando por ahí aprendí
entonces quedaron listas
grabadas dentro de mí.
Noches de cristal y plata
muy triste me vieron ir de alli.
En coplas amanecidas
mi vida te dí mi cantar
y el bombo que retumbaba
por medio de aquel quebrachal
se pierde y a la distancia
hoy sólo me da por recordar.
Estribillo
Doradas vainas de Enero
de nuevo las quiero gustar
añapita para alhoja
que alegre ayudaba a pisar.
son como besos en mi alma
que nadie me los puede quitar.
Amorcitos que se quedan
para otra mejor ocasión
también le dejé mi caja,
santuario de mi corazón,
para que entonen vidalas
y yo vuelva con nueva ilusión.
Llevo una espina en el pecho
y es dura como del cardón
dicen que al no hacerse carne
si adentra para el corazón,
pueda que tal vez me encone
la herida mi antigua pasión.
En Pampa de los Guanacos
yo vine dejando una flor
amores que se separan
padecen martirio y dolor.
En Pampa de los Guanacos
yo vine dejando una ilusión.

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