El dólar impone la agenda: mal negocio para la política

Economía

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Los saltos en el precio del dólar siempre inquietan más allá del círculo del poder en un país que desde hace más de siete décadas arrastra la enfermedad crónica de la inflación. Y desde hace un mes y medio, casi a diario, no le dan respiro al Gobierno. Es parte del desgaste político y explica los gestos de las últimas horas para exponer respuestas, con cambios en el elenco y señales de unidad interna. Las expectativas, como otras veces, se trasladan a la semana que viene.

La trepada del dólar, el cuadro económico más amplio y sus efectos corrosivos sobre la imagen presidencial también alimentan especulaciones en la oposición peronista, que siente renacer las esperanzas electorales y al mismo tiempo no logra articular su poder interno y, como expresión directa, su «oferta» a la sociedad. En esa vereda y en varios rincones del oficialismo observan el mismo cuadro general, registrado además en diversas encuestas: el desgaste de uno sigue sin trasladarse mecánicamente como ganancia al otro.

Es, podría decirse, un nada atractivo juego de debilidades.

De algún modo, en las distintas vertientes del peronismo evalúan que han crecido sus chances para la batalla electoral del 2019 por los altos costos que viene pagando el Gobierno. Y anotan que el mayor problema es propio: no terminan de procesar la experiencia kirchnerista y todavía no encuentran un camino para superar la fragmentación.

Ese a su vez sería el diferencial que sigue computando el oficialismo. En algunos despachos del Gobierno y en la primera línea legislativa registran de manera abierta el desgaste en continuado desde diciembre. Y en todo caso, además de advertir las dificultades para enderezar el rumbo, en la perspectiva de los efectos del ajuste, hasta los más ácidos en la autoevaluación ven el cuadro peronista una chance propia a la hora de hacer cálculos electorales.

De todos modos, el tema son los pasos propios. La escalada del dólar, las tarifas y las proyecciones inflacionarias terminaron de sacudir la realidad interna de un modo inesperado, o antes de tiempo. El rearmado del «equipo» busca ser parte del remedio y es a la vez un síntoma, con efectos visibles como el cambio en el Banco Central y el lugar creciente ocupado por Nicolás Dujovne, y también expresiones informales pero de peso, en primer lugar el reacomodamiento en el circuito de decisión política y los debates más explícitos en ese ámbito.

El viernes mismo, la visita de Elisa Carrió a Mauricio Macri estuvo connotada por ese contexto. Valió la foto. Y de algún modo el encuentro, que sumó a Marcos Peña y otros funcionarios –además de un par diálogos específicos por un proyecto sobre Pymes- tuvo que ver con la necesidad de dar señales de armonía y solidez interna frente a dos temas de distinta naturaleza y de fuerte impacto: la despenalización del aborto y los cambios en el área económica.

La cita constituyó en rigor la expresión más visible del proceso para suturar la interna –básicamente de los legisladores- después del debate que coronó la aprobación del proyecto de despenalización en Diputados. La irritación sonora de Carrió fue el dato público más inquietante, pero no el único. La tensión fue muy fuerte y colocó en veredas muy diferenciadas a diputados en el interior del macrismo y de la UCR. Quizá los más expuestos, por su lugar y por el discurso, fueron el titular de la bancada del PRO, Nicolás Massot, y Gabriela Michetti, que además debe enfrentar ahora la pulseada en el Senado.

Nada de eso sería insalvable, según dicen en medios oficialistas aunque sin negarle trascendencia. De todos modos, la cita de Carrió con el Presidente –y sobre todo la foto difundida, más allá de los dichos sobre los motivos que previamente habían sido anotados en la agenda- fue un gesto precedido por otro: el respaldo de la diputada a la designación de Luis Caputo al frente del Banco Central.

La caída de Federico Sturzenegger no habría sido, dicen, un trámite sencillo para el Presidente por su extensa relación personal, un elemento que al parecer pesó junto al compromiso con el FMI para dilatar una decisión que se venía madurando desde el mes pasado. El relevo de autoridades en el Banco Central no fue además el único mensaje.

La decisión presidencial representó también un nuevo capítulo en el fortalecimiento de Dujovne, que pasó a controlar el área de Finanzas manejada hasta el jueves por Caputo. La interpretación interna es variada: sin dudas, concentrar funciones de Economía –además de manejar centralmente las tratativas con el FMI y cargar con el ajuste para reducir el déficit- coloca a Dujovne en un escalón destacado dentro del equipo presidencial. También lo expone como llave térmica en la línea económica. Las miradas ya no caerían exclusivamente sobre el circuito de Peña, más acotado en este rubro.

Esa movida en el tablero venía conversada, incluso en cuanto a nombres, con los dirigentes más cercanos y a la vez de mayor peso territorial, es decir, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. Son voces de peso en el círculo macrista. Pero no las únicas que se expresan más abiertamente en encuentros de evaluación con Macri. Algo de eso se habría registrado también en la rearmada mesa política del oficialismo.

Habrá que ver además si la designación de Caputo impacta o no en la relación con el peronismo. El nuevo presidente del Central ha sido cuestionado duramente desde el kirchnerismo y genera reparos en el PJ, como eco de las denuncias sobre su relación con fondos offshore. De todos modos, el trámite de aprobación del Senado no es ineludible: podría seguir en condiciones de designado «en comisión» por el Presidente, sin limitaciones operativas ni temporales, hasta tener más en claro si es conveniente enviar el pliego a la Cámara alta.

Las tratativas con el PJ ya tienen un punto central y complejo en el temario: la poda de fondos para intentar una reducción del déficit de la magnitud que se propuso el Gobierno y fue comprometida con el FMI. Esa negociación debería avanzar en un frente doblemente difícil, que combina pronósticos de baja o contracción económica y adelanto de la batalla electoral.

Pero además, y esto se relaciona con las propias dificultades del peronismo, los gobernadores son una parte fundamental del juego que viene, aunque no excluyentes. El debate de las tarifas mostró en muchos casos desinterés o falta de poder real para alinear a los legisladores, en un contexto de competencia abierta con el kirchnerismo.

Un ex funcionario de la gestión de Cristina Fernández de Kirchner suele repetir en estos días que el desafío del peronismo es cómo resolver un mecanismo que permita cierto grado de unidad, pero que al mismo tiempo encuentre figuras y formas de resolver dos cosas: consagrar candidatos y garantizar que puedan ser aceptados por los eventuales perdedores de la pulseada.

¿Una interna abierta? ¿Competir con dos fórmulas por separado y acordar en un soñado balotaje? ¿Reforzar el polo de los gobernadores, sumar a massistas y otros referentes, y dejar afuera del juego a la ex presidente? Los interrogantes refieren a ideas para nada cerradas que diferencian los planes de kirchneristas duros y peronistas federales, con matices incluso en cada vereda.

Lo dicho: las debilidades ajenas no se traducen en fortalezas propias. Es un dato fuerte, con un agregado: puede generarle costos compartidos a la política.

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