El infalible método de Cristina Kirchner para asegurar su propia derrota

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Ante determinados fenómenos, las herramientas clásicas del análisis político resultan impotentes. Un ejemplo claro de esa situación es lo que sucede en estos días en el peronismo bonaerense, especialmente alrededor de la figura de Cristina Kirchner y su primogénito, Máximo. A primera vista, tal vez parezca una anécdota menor pero quizá sirva para entender mucho de lo que ha ocurrido en el país en los últimos años.

El caso que se narra a continuación es complejo y requiere algo de concentración para seguir su lógica. En la Argentina, por decisión de Cristina Kirchner, existe un mecanismo para seleccionar candidatos: las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias. Unos 100 días antes de la elección general, todos los ciudadanos votan en la interna del partido que quieren, por el candidato que más le gusta. Quien desee postularse, debe estar afiliado a ese partido y tener suficientes avales. Para estas elecciones en el Partido Justiicialista de la provincia de Buenos Aires hay dos personas que quieren encabezar listas: una es Cristina y el otro es Florencio Randazzo. Los dos cumplen los requisitos. Pero resulta que Cristina no quiere que Florencio se presente. Y aquí arranca el lío: como no puede evitarlo legalmente, puso a un grupo de genios a idear un mecanismo para impedirlo.

Los elegidos fueron Máximo, el hijo de Cristina -cuyos méritos personales, más allá de ese detalle, son muy opinados- y Fernando Espinoza, el jefe del peronismo de La Matanza, un hombre ciertamente de métodos heterodoxos. Ante la evidente dificultad convocaron a otro talento, el ex candidato a vicepresidente Carlos Zannini. Del cónclave surgió una una idea creativa. Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña, pero al revés: como no pueden impedir que Randazzo se presente en el PJ, se van ellos. Entonces decidieron que armarán un frente con los pequeñísimos partidos de Martín Sabatella, Luis D’Elía, y Alicia Kirchner y le prohibirán la entrada allí al enemigo. Así, Cristina será candidata de su propia agrupación, sin necesidad de internas. Paralelamente, el heterodozo Espinoza, presidente del PJ, declarará a este prescindente en la elección para que Randazzo no utilice el sello.

Esto que ellos mismos celebran como la apoteosis de la viveza peronista, en realidad refleja un comportamiento un tanto freaky, como dicen las nuevas generaciones. Las encuestas reflejan que Cristina hubiera derrotado con facilidad a Randazzo. Así, hubiera sido revalidada como líder en un proceso democrático limpio y llegado fuerte al tramo final de la campaña. Pero las mentes complejas tienen recorridos irregulares. Ella lo dijo así: «No voy a discutir con quien fue mi ministro». Uno de los suyos, Jorge Ferraresi, le explicó mejor. «No tiene por qué discutir con un empleado». El efecto será el contrario al buscado. De aquí a agosto, solo podrá discutir sobre por qué está persiguiendo al rebelde. Además, si las cosas evolucionan como parece, el peronismo se presentará con tres propuestas en octubre: Cristina, Massa y Randazzo. ¿No beneficia esto al odiado neoliberalmauriciomacriqueestádevastandoalpais? Si la armada Brancaleone compite contra un Gobierno, es muy probable que este se salga con la suya. Y eso para no hablar de la rebelión de los intentendes que no quieren saber nada de desactivar al Partido Justicialista. Todo era tan fácil y ahora es tan difícil.

A este proceso se lo puede observar con una mirada irónica, pero también inscribirlo en una dinámica que se repitió infinidad de veces desde que Cristina asumió en la Casa Rosada. En ese entonces, el lejano 2007, Hugo Moyano, Emilio Pérsico, Alberto Fernández, Sergio Massa, Julio Cobos, Martín Lousteau, Carlos Reutemann, José Manuel de la Sota, Florencio Randazzo, Juan Manuel Abal Medina, Emilio Monzó, Felipe Solá, el «Chino» Navarro, Daniel Peralta, Mario Ischii, Julio Piumato, eran kirchneristas. La CGT, unida, respaldaba al oficialismo y, dentro de su círculo de influencia, se hallaban gran parte de los medios de comunicación, entre ellos el grupo Clarín. La economía crecía y el Gobierno se vanagloriaba por los sorprendentes superavits gemelos.

Diez años después, Cristina arranca su campaña por la supervivencia en el desierto. El kirchnerismo fue como una margarita que arrancó, paso a paso, sus propios pétalos. Cristina comandaba el único partido nacional del país y lo llevó a perder tres de las últimas cuatro elecciones. ¿Por qué ocurrió esto? En gran parte por una sucesión de decisiones sorprendentes, como la de esta semana. Desde el cepo cambiario a la discusión con un abuelito «amarrete», desde el conflicto personal y sostenido con la prensa hasta la fallida elección de candidatos para cargos claves, desde las cadenas nacionales que solo servían para alejar votantes hasta las mentiras sobre el funcionamiento de la economía o la persecución a Carlos Fayt, desde los evidentes casos de corrupción hasta la elección de César Milani. Si se extrapola a la conducción de un país el método aplicado a Randazzo, seguramente los resultados no serán deslumbrantes.

En estas últimas semanas, Cristina demostró que está cristalizada en ese método. Por ejemplo, el macrismo se empeña en demostrar que con ella la Argentina iba camino a Venezuela. No es justo: Cristina no suspendió elecciones, ni encarceló opositores, ni fusiló decenas de personas en manifestaciones, ni provocó una crisis económica como la venezolana. Sin embargo, ella se ocupa de mostrar que sus enemigos tienen razón. En la gira por Europa, solo dejó que la entrevistara Telesur. Y su instituto Patria fue la sede de varias manifestaciones de apoyo a Maduro, en el mismo momento en que este se transforma en un líder criminal.

Los críticos de Cristina sostienen que es una persona autoritaria que no tolera preguntas independientes. ¿Como hizo su fortuna? ¿Se arrepiente de no haber pedido perdón por la tragedia de Once? ¿Cuanta pobreza había durante su gestión? En lugar de tratar de transmitir una imagen que atraiga a los independientes, que es finalmente lo que un candidato debe lograr, organiza un reportaje con un grupo de militantes, a los que alecciona sobre cuánto debe durar cada pregunta, de qué debe tratar y hasta sobre dónde deben ubicarse las cámaras. Y así, todos los tics que la llevaron del vergel del 2007 al desierto actual.

Nada esta dicho sobre la elección de octubre. Si todo termina como parece, Cristina será la candidata del sector mayoritario del peronismo. Anibal Fernandez obtuvo el 35 por ciento de los votos: sería lógico que ella consiga, como mínimo, algo similar. El oficialismo deberá hamacarse para arrimar. Pero alguien que logró transformar la fortaleza del kirchnerismo en este páramo, puede conseguir cualquier milagro. Solo se trata de unir la línea de puntos y mirar hacia dónde lleva la recta: es un método que, hasta aquí, se ha demostrado infalible. Macri hace jueguito con estos disparates.

«Nosotros vivimos con Nestor y con Cristina momentos increíbles -se lamentaba esta semana un viejo dirigente k. Desde 2003 hasta 2011 tocamos el cielo con las manos. Sentimos que podíamos construir el país que soñábamos. Desde el 54 por ciento todo se empezó a degradar, por mil razones: el sectarismo, un clima de persecución donde solo un grupo tenía siempre la verdad. Y lo peor es que no la tenían. Durante cuatro años no dijimos nada en público, no queríamos contribuir a que todo terminara peor de lo que terminó. Ahora, todo sale a flote. Algunos apoyarán a Cristina porque no les queda otra. Otros, los menos, a Randazzo. Pero a la mayoría nos atraviesa el dolor por lo que no fue. Encima, los que provocaron el daño son los mismos que nos hicieron tan felices, y no sabemos qué hacer con ellos».

Lo dicho: el análisis político es muy limitado a la hora de explicar por qué algunas personas tienen semejante tendencia a dañarse a sí mismas. Hay otras disciplinas para eso.

Ernesto Tenembaum/Infobae

 

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