Más que nunca se necesita de la política

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Conforme al proceso de degradación que nos envuelve como una tormenta de arena desde hace mucho tiempo, la política y su actividad también se han degradado. Esa ciencia de administración del Estado y organización de la sociedad que algunos sentimos naturalmente como una pasión, ha pasado a ser defenestrada, muchas veces con razón y muchas otras por conveniencia.

Así las cosas y por un conjunto de motivos, nuestra democracia dejó de ser ejercida por los partidos políticos para ser una democracia de personas individuales como meros productos de consumo que se promocionan y se venden. El marketing reemplazó a la política; por lo tanto, también al pensamiento, al análisis y a la proyección de un camino. Recurren al diseño a través del eslogan, sin tomar en cuenta que el eslogan es un tapón al razonamiento.

El Gobierno nacional erró la interpretación de los procesos electorales de 2015 y 2017. En el primero, y que ganaron por poco, fueron el instrumento para finalizar un proceso político (a mi juicio, nefasto). Sin embargo, creyeron que todo cambiaba solamente por haber en Balcarce 50 una nueva cara y mejores modales. En 2017, aún vivo el fantasma del pasado, tuvieron un gran triunfo y otra vez se equivocaron. Además de los adherentes al Gobierno, muchos continuaron la senda de otorgarles el voto para dar un golpe de knock-out a ese pasado, no fue un aval pleno a las políticas del Gobierno, pero se subieron al éxito con soberbia y el Gobierno cayó preso de su propio dogmatismo de mercado.

La política económica se afrontó con caprichos propios de estudiantes secundarios rebeldes, tanto que hasta para hablarse en una conferencia de prensa se tratan por apodos como rugbiers en un tercer tiempo. Nunca tuvieron la grandeza de estadistas para convocar a diagramar un proyecto de nación con la mayor cantidad de sectores posibles, que esta emergencia ahora requiere. Se necesita patriotismo, por ende, política y no marketing ni infantilismos.

Nunca se debió derogar la obligatoriedad de ingresar y liquidar divisas de exportaciones; las bajas y las quitas de retenciones debieron ser escalonadas y graduales; las tarifas de servicios públicos debieron ajustarse a un ritmo de cierta previsibilidad; jamás debió instrumentarse la facilidad de la bicicleta financiera; tuvieron la oportunidad de una auténtica reforma tributaria y la dejaron pasar; no se ocuparon de diseñar un proyecto productivo nacional más amplio; se debe analizar el gasto de nuestra política y la necesidad de regionalizar el territorio nacional sin tantas provincias, legislaturas y municipios, entre otros temas. Además, debieron haber convocado a empresas prestadoras de servicios, industriales, sector agropecuario, sindicatos y partidos políticos para un acuerdo general contra la inflación, mostrando estar todos dispuestos a no ceder frente a intereses corporativos a los que no les importa diezmar a la población. Sin embargo, todo el peso del ajuste lo hicieron caer sobre la clase media. Un disparate.

Cuando Cambiemos se ve en apuros, recurre al fantasma del pasado y reclama lo que entonces no se hizo o se hizo mal. Sin embargo, ese espejo ya no alcanza, y tampoco alcanza desinformar llamando a todo lo que se opone al Gobierno como «populismo», porque podrá serlo en algún caso, pero no es así en todos. La justicia social no es populismo sino el elemento virtuoso del desarrollo integral. Despilfarrar recursos públicos es tan irresponsable como imponer una democracia y un sistema económico que no da respuestas integradoras a la sociedad para un verdadero desarrollo.

Es la verdadera política la que ahora hace falta, y son sus exponentes los que deben actuar con patriotismo y comenzar por ajustarse a sí mismos con la debida sobriedad que impone la vida que han elegido. ¿Estarán a la altura?

El autor es abogado y dirigente de la Democracia Cristiana.

Fuente: Infobae

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