“Y la Iglesia, que no hace nada…”

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Por Facundo Gallego, especial para LA BANDA DIARIO

La Iglesia

En el sentido común de muchos de nosotros, todavía subyace una idea parcial de que la Iglesia solamente está compuesta por el Papa, los obispos y sacerdotes. Incluso, muchos identifican absolutamente Iglesia con Vaticano o con los templos y parroquias. 

Hay que aclarar, ante todo, que la Iglesia no es solamente la curia ni los edificios; la Iglesia es el Pueblo de Dios en el que estamos todos los bautizados. Somos quienes nos hemos congregado para ser un signo ante el mundo de la presencia de Dios en medio de nosotros. Y ese significar a Dios, señalarlo con el dedo, indicar dónde está, la Iglesia lo hace de tres formas: con la enseñanza de fe y moral, con el culto religioso y con la caridad

No debemos entender la caridad como un “dar lo que nos sobra”, sino como un “dar totalmente”, como Cristo mismo que ha muerto en Cruz entregando hasta la última gota de sangre por nosotros, movido por el amor que nos tiene. 

Pero “las manos que hacen son más nobles que los labios que rezan”…

Si todos los bautizados somos la Iglesia, entonces empecemos a trabajar desde nosotros mismos. Guardemos siempre conciencia de esto, aunque las dificultades y el mundo nos quieran velar nuestra pertenencia a la Iglesia, no debemos dejar que nos ganen. Además, es muy fácil pararse en la vereda del frente y criticar. Es una tentación que la tenemos todos. Pero no nos damos cuenta de que cada vez que hacemos eso, es como si escupiéramos para arriba. O peor: a la propia familia. 

Lo difícil, y por lo tanto, más desafiante, es quedarse en la vereda de la Iglesia y comenzar a mejorarla, como levadura en la masa. No hay que esperar que todo nos venga de arriba ni que las cosas que se hagan sean extraordinarias: cuando somos capaces de dar un plato de comida a un vecino hambriento, estamos cumpliendo con nuestro ser-Iglesia: hacemos allí presente a Dios por medio del amor y la compasión a los hermanos más necesitados. 

Con esta lógica del amor cristiano, muchas parroquias no solamente han abierto sus puertas para instalaciones médicas de emergencia, o han recibido a los sin techo para que pudieran estar a resguardo en la cuarentena. Miremos nomás el trabajo de algunos curas villeros en los asentamientos de Buenos Aires.

Instituciones como los “Hogares de Cristo”, presentes en algunas diócesis del país, no solamente siguen con sus programas de recuperación de hermanos adictos, sino que han impulsado entregas de barbijos y ambos, y han contribuido a la promoción social de quienes son excluidos por los grandes centros de poder. 

Un sacerdote italiano se ha negado a utilizar un respirador artificial, abdicándolo en favor de un joven para que pudiera salvar su vida. ¡Qué buen ejemplo de ser otro cristo, entregando la vida para que otro pueda vivir! 

Otro sacerdote pidió autorización para ejercer nuevamente su título de médico en Italia para atender a los pacientes. Hermanas que cuidan enfermos alrededor del mundo, donde todavía los centros de salud son atendidos por monjas enfermeras. 

El Papa mismo ha autorizado el aporte de cien mil euros para el trabajo sanitario en Roma, y treinta respiradores artificiales para los distintos centros de salud. ¿Podemos aventurarnos a seguir afirmando que la Iglesia no hace nada? 

En Argentina nomás, imaginemos qué hubiese pasado con la salud y la vida de un puñado de mujeres trans si no hubieran recibido el apoyo y el alojamiento por parte de una hermana carmelita de Neuquén, llamada Mónica Astorga.

¿Nos hemos puesto a pensar si los enfermeros, los policías, lo médicos que nos atienden son también cristianos? Y, aunque no lo fueran, por su trabajo abnegado, por el riesgo de vida asumido y por el profesionalismo y la pasión que le ponen a su trabajo, también están haciendo presente a Dios en medio del dolor físico y moral. 

No olvidemos que muchos cristianos, laicos y sacerdotes, se han animado a romper definitivamente su miedo de navegar mar adentro en las redes sociales, y están brindado un servicio esencial para el alimento de la vida cristiana: el Pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía. (¿Se habrá imaginado el Señor que sería adorado sacramentalmente a través de una pantalla de celular?).

Por eso, cuando alguien nos diga que “los manos que hacen son más nobles que los labios que rezan”, digámosle: “pero el corazón que reza y hace es más noble aún”.

Bueno, que venda los tesoros entonces…

“Si tanto rezan y predican la caridad, entonces vendan los tesoros del Vaticano”. A este planteo de siglos respondió el Papa en 2015, cuando explicó que los tesoros están en una Iglesia, pero no son de la Iglesia. La ONU ha decretado que son patrimonio de la humanidad, no del Vaticano ni del Papa. Por ende, deben ser conservadas. Más aún, la Iglesia ha asumido su correspondiente parte en dicha conservación.  

E incluso se suele creer que el Vaticano tiene todo el oro del mundo encerrado en una bóveda. Pero el oro del Vaticano se reduce a los vasos sagrados y algunos elementos litúrgicos, utilizados en las celebraciones. Lo que olvidamos (o ignoramos) es que la mayor parte del oro se concentra en algunas manos del resto de Europa.

La Iglesia dispone de un dinero, que no es poco. Sin embargo, quien administra el asunto económico es la Limosnería Apostólica, una institución que hunde sus raíces en los primeros años de la Iglesia primitiva, cuando los Apóstoles eligieron siete diáconos para que se ocuparan del servicio de las viudas y los huérfanos. Esta Limosnería es la que recibe las donaciones hechas en favor de la Iglesia y de la compra de pergaminos que certifican bendiciones papales; y son los responsables de administrar el dinero para la atención de los pobres y necesitados de Roma y del mundo. 

Aquí es cuando ya no conviene distinguir tan violentamente entre el fuero de la Iglesia y el fuero del Estado; aquí es cuando ambos colaboran mutuamente para trabajar codo a codo por el bien del mundo. 

¿“Solamente” rezar?

Queda claro, entonces, que desde el fiel más pequeño hasta el Papa, todos somos Iglesia, y desde nuestro lugar aportamos a que la vida en estos tiempos de crisis sea más llevadera y no pierda su verdadero norte. Los cristianos tenemos que ser verdaderos contemplativos en acción: lo que rezamos, lo tenemos que poner en práctica. Así nos dice Santiago en su carta: “Pongan por obra lo que dice la Palabra y no se conformen con oírla, pues se engañarían a sí mismos. El que escucha la palabra y no la practica es como aquel hombre que se miraba en el espejo, pero apenas se miraba, se iba y se olvidaba de cómo era. Todo lo contrario el que fija su atención en la Ley perfecta de la libertad y persevera en ella, no como oyente olvidadizo, sino como activo cumplidor; éste será dichoso al practicarla.» (St 1,22-25).

No somos una ONG, como nos dice el Papa: somos una comunidad que vive lo que reza, que vive el mandamiento del amor. Somos personas que no nos quedamos con lo rezado entre las paredes, sino que lo proclamamos y lo vivimos entre los demás, sobre todo en los necesitados.

 

Invitación

Este artículo ha sido redactado con la intención de aclarar ciertas dudas, no solamente dogmáticas, sino bien existenciales y que hacen a la vida cotidiana de nosotros, los bautizados. La invitación es meternos un poquito en nuestra conciencia. El Papa ha dicho en su mensaje del 27 de marzo: “estamos en la misma barca… y no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta”. No hay más diferenciaciones entre nosotros. Jesús rema a nuestro lado. 

Pensemos qué es lo que nosotros hacemos concretamente por el bien de los demás, sobre todo en estos momentos de cuarentena. Pensemos si somos Iglesia en medio de nuestra familia, si rezamos juntos, si los trato bien, si los ayudo en sus dificultades, si cuido a los enfermos, si pregunto por los demás, si me intereso por la vida de mis familiares y amigos… De esa manera, la Iglesia, que ya viene haciendo un montón en medio de esta situación, seguirá haciendo más y más: anotará algunos porotos en su favor. Haremos méritos para la vida eterna. 

Tengamos siempre presente lo que nos enseñó San Agustín: “Donde hay amor y caridad, allí está Dios”.

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