En un adelanto exclusivo de su libro publicado en la edición impresa del diario Página 12, el exjefe montonero, Mario Firmenich, relata en primera persona cómo su generación, marcada por la proscripción y la violencia, se convirtió en el «tsunami» que nadie vio venir y resta conocer si realiza una autocrítica de la violencia.
En los años 50, Juan Domingo Perón ya lo había anticipado: «Clase de primera elección con los obreros. La segunda con las mujeres. La tercera la ganaré con los niños». Y en 1973, esa profecía se cumplió. «En el padrón electoral de 1973 hubo dos millones de votantes nuevos, con edades comprendidas entre 18 y 25 años», escribe Mario Firmenich en el adelanto de su libro. «Éramos ‘los únicos privilegiados’ del gobierno peronista derrocado sangrientamente en 1955».
Firmenich recuerda cómo su generación vivió, durante su primera infancia, “los valores y beneficios socioeconómicos de un gobierno nacional y popular”. “El Estado de la Revolución Justicialista invirtió en nosotros muchísimos recursos para nuestra educación en todos los niveles, en asistencia médica preventiva y curativa y en buena alimentación”, detalla.
“Invirtió en infraestructura para nuestro desarrollo deportivo, para nuestras vacaciones en las playas y en las zonas en familia y para que tuviéramos juguetes para nuestro esparcimiento infantil”. Durante una década, “millones de niños, sin discriminación alguna, fuimos el objetivo de una política de Estado para el desarrollo social cuyo lema era ‘Los únicos privilegiados son los niños’”.
Pero todo cambió en septiembre de 1955. «De un día para el otro nos cambiaron los libros de lectura de la escuela primaria», relata. «El excelentísimo señor presidente de la Nación, homenajeado como ‘El Primer Trabajador’, pasó a llamarse oficialmente ‘el tirano prófugo'». Eva Perón, «la Abanderada de los Humildes, honrada como ‘Jefa espiritual de la Nación’ después de su fallecimiento, fue borrada de todos lados. Al extremo de que desapareció incluso su cadáver sin explicación alguna sobre su destino.
Para referirse a ella la calificaban como ‘mujer-zuela'». Las fotos de ambos fueron arrancadas o tachadas de los libros, y «estaba legalmente prohibido pronunciar o escribir sus nombres y apellidos».
La generación que creció entre golpes y proscripciones
«A partir de entonces, durante otros diez años, debimos escuchar ese nuevo discurso oficial en todos los niveles educativos, además de escucharlo en la totalidad de los medios de prensa escrita, radial y televisiva», escribe Firmenich. «Mientras tanto, veíamos cómo todos aquellos saludables ‘privilegios’ de nuestra niñez iban desapareciendo».
«Crecimos siendo teóricos de golpes de Estado reiterados, elecciones legítimas anuladas antidemocráticamente y enfrentamientos serrados estrictas para el uso del Ejército nacional», explica. «Presenciamos todo tipo de acciones de resistencia de la mayoría popular proscripta. Desde el voto en blanco hasta sabotajes con bombas, pasando por multitud de huelgas y planes de lucha sindicales. Todo ello con la trágica consecuencia de la sangrienta represión policial y militar».
«Ante cada elección se repetía la fraudulenta maniobra de proscribir ‘porque sí’ cualquier candidatura sospechosa de tener algo que ver con ‘el tirano prófugo'», denuncia. «En el 65, con ‘la novedad’ política del neo-peronismo, vimos legalizar, en cambio, cualquier partido que fuera un distanciamiento crítico de Perón».
Firmenich describe cómo su generación llegó a la mayoría de edad en un contexto de crisis institucional. «En 1966 el régimen seudodemocrático estaba moribundo a la vista de todos», afirma. «Todo el mundo sabía que el gobierno del presidente radical, Arturo Illia, se hallaba políticamente muerto. La figura del presidente era ridiculizada por toda la prensa política dibujándolo en las viñetas como una tortuga». Y añade: «Al planificar la dictadura que instalarían en 1966, nadie pensó en qué haría nuestra generación».
«Los que cumplieron sus 18 años en el 65 después de marzo, y todos los que los cumpliríamos de 1966 en adelante, veíamos la decadencia de aquel gobierno surgido de elecciones proscriptivas sin que hubiéramos votado», explica. «No era imaginable que pudiera haber elecciones sin la proscripción del peronismo. Sabíamos que tampoco votaríamos en las farsas electorales previstas para 1967 y 1969. Resultaba público y notorio que el nuevo golpe de Estado era una cuestión de tiempo. De poco tiempo».
«La perspectiva era que el peronismo combativo y revolucionario seguiría proscripto», señala. «A lo sumo quizás fuera admitido el neoperonismo en alguna futura elección desconocida. Pero eso no nos generaba ninguna ilusión, entusiasmo ni esperanza». Y aquí viene una de las frases más duras: «Para los estrategos gorilas, nuestra generación políticamente no era nada. Aunque suene ridículo, eso seguía siendo así en 1971, cuando la dictadura inició su retirada».
El terremoto que nadie vio venir
El Cordobazo, el Rosario, el Tucumánazo, el Mendozazo y «la irrupción de todas las organizaciones revolucionarias armadas habían derrocado el sueño de la dictadura ‘sin límite de tiempo'», escribe Firmenich. Sin embargo, «pese a semejante terremoto en la realidad política, la dictadura planificó su estrategia de retirada ignorando que aquella realidad revolucionaria era protagonizada por toda una nueva generación política».
La dictadura de Lanusse convocó a elecciones imponiendo el sistema de segunda vuelta. «Según los comentarios políticos, ellos calculaban que en primera vuelta el peronismo obtenía un 35% de los votos», explica. «Es decir, creían que la realidad sociopolítica de 1973 sería más o menos igual que la existente en las elecciones de 1965. Por eso estaban seguros de que el presidente democrático posdictatorial sería el candidato de la UCR, Ricardo Balbín. Confiaban en que el sistema de la segunda vuelta les garantizaría el triunfo con el voto de los partidos de derecha».
Pero había un detalle que nadie consideró: «Nadie tuvo ninguna preocupación política por los millones de jóvenes que nos incorporábamos a la población activa y al padrón electoral», advierte Firmenich. «No les preocupó que hubiéramos crecido viendo la represión de la democracia liberal proscriptiva. No se imaginaron que, para nuestros ojos infantiles, aquellos hechos eran imperdonables. Tampoco les preocupó qué orientación tendría nuestro voto en 1973».
El 17 de noviembre de 1972, durante las movilizaciones del «Luche y Vuelve» y el retorno de Perón, «emergió masivamente una JP que vitoreaba ruidosamente a Montoneros», recuerda Firmenich. Y aquí está la clave de su explicación: «Ningún analista lograba explicar por qué, siendo revolucionarios, éramos peronistas. Superficialmente decían que creíamos en Perón porque no lo conocíamos».
Pero la historia les dio la razón. «Nadie se vio venir el tsunami de la generación montonera», concluye. Y ese tsunami, en 1973, cambió la historia argentina para siempre.

