El Arzobispo de Santiago del Estero y Cardenal primado de Argentina, monseñor Vicente Bokalic CM, brindó un mensaje a toda la comunidad con motivo de iniciar el Tiempo de Cuaresma.
A continuación el mensaje completo del pastor de la Iglesia Santiagueña:
Con el Miércoles de Ceniza iniciamos este tiempo santo de la Cuaresma, un verdadero itinerario espiritual que nos conduce a la Pascua del Señor y renueva en nosotros los compromisos bautismales. Es un tiempo fuerte, un tiempo sagrado, pero también —y no tengamos miedo de decirlo— un tiempo de Gracia y de alegría profunda, porque la Cuaresma es, en el fondo, una fiesta del amor de Dios.
Dios es vida, Dios es amor, y quiere que participemos plenamente de esa vida. Nos
llama a salir del mal, a vencer la muerte, a recuperar la esperanza y a dar vida a los demás, especialmente allí donde la vida parece más herida. Por eso la Cuaresma es siempre una hermosa oportunidad para reencontrarnos con el Señor, para volver a ese Dios que es Creador, Padre y Amor fiel, que camina con nosotros a lo largo de toda nuestra historia, aun cuando muchas veces lo relegamos por las preocupaciones, la rutina, los desencantos o un ambiente que termina volviéndose superficial y trivial.
La escucha: camino cuaresmal
Inspirados por el mensaje del Papa León XVI para esta Cuaresma, quisiera detenerme especialmente en una actitud esencial: la escucha.
Escuchar nos saca de nosotros mismos. Es un primer paso para descentrarnos, para salir
del encierro del individualismo y de nuestros propios intereses. Escuchar no es solo poner
el oído, sino poner el corazón, para percibir, sentir e intuir qué nos dice Dios y qué nos
dicen los hermanos.
Esta actitud de escucha exige también silencio, algo que hoy nos cuesta mucho. Vivimos rodeados de ruidos exteriores e interiores que nos dispersan y nos impiden escuchar de verdad. Por eso la Cuaresma nos invita a crear pequeños espacios de silencio, a apartarnos un poco, a detenernos, para captar lo que el Señor nos quiere decir y para aprender a comprender el lenguaje de los hermanos, especialmente de los pobres y de los que sufren.
Cuando la Iglesia escucha la Palabra de Dios y lee con atención la realidad, se siente interpelada y llamada a responder. Y es Dios mismo, con su Gracia, quien va preparando
nuestro corazón para respuestas nuevas, más fraternas y más solidarias, cuando dejamos
que su Gracia nos purifique y nos ayude a reconocer los rostros y las voces de tantos
hermanos sufrientes.
Una Iglesia en misión
Al cerrar el Año Jubilar, como Iglesia diocesana nos hemos propuesto caminar con
claridad en algunos ejes que queremos renovar y profundizar. El primero de ellos es ser
una Iglesia en misión.
La Cuaresma nos recuerda que no podemos vivir la fe encerrados en nosotros mismos. El encuentro con el amor de Dios siempre nos envía, nos impulsa a salir, a compartir, a hacernos cercanos, a ser presencia de misericordia en medio del mundo real, con sus heridas y esperanzas.
Una Iglesia que escucha es una Iglesia que se deja mover por el Espíritu y que no
teme comprometerse con la vida concreta de su pueblo.
Una Iglesia que llega al mundo de los jóvenes
Un segundo acento que queremos asumir con fuerza es el de los jóvenes. Escuchar
hoy nos pide, de un modo especial, acercarnos a la vida de los jóvenes, conocerlos, estar
cerca, crear empatía para entrar en su corazón y en su historia.
Escuchar sus sueños y proyectos, pero también sus quebrantos, sus desencantos, sus
tristezas y, muchas veces, sus historias duras.
Si queremos caminar con ellos, si deseamos compartir un verdadero proyecto de misión con los jóvenes, necesitamos primero aprender a escucharlos de verdad. Esta es una tarea personal, comunitaria y diocesana. Ojalá que en esta Cuaresma sepamos acentuar este compromiso, para que juntos podamos discernir qué caminos recorrer y qué propuestas ofrecer, especialmente a los jóvenes más golpeados por las durezas de la vida.
Una Iglesia con estilo sinodal
Finalmente, estamos llamados a crecer como una Iglesia con estilo sinodal, donde nadie
camina solo, donde aprendemos a escucharnos mutuamente, a discernir juntos y a
compartir responsabilidades.
La sinodalidad no es una estrategia, sino un modo de ser Iglesia: caminar juntos,
escuchando al Espíritu que habla en la Palabra, en los acontecimientos y en la vida
concreta del Pueblo de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, que esta Cuaresma sea para todos nosotros un tiempo privilegiado de Gracia, un tiempo para volver a Dios, para dejarnos amar y transformar por Él, y para renovar nuestro compromiso misionero, especialmente con los jóvenes, caminando juntos como Iglesia.
Que el Señor nos conceda un corazón disponible, dócil y atento, y que María, Madre
de la Iglesia, nos acompañe en este camino hacia la Pascua.
