«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»

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Por Facundo Gallego, especial para LA BANDA DIARIO

Juan vio acercarse a Jesús y dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel».

Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo". Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor

Comentario

Hermanos y hermanas: ¡feliz domingo! Que la paz, la caridad y la fe de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Señor, esté ahora y siempre con cada uno de nosotros; y que la Virgen María nos lleve de la mano hasta el Cielo. ¡Amén!

La Iglesia ha comenzado un nuevo tiempo litúrgico, llamado “tiempo durante el año” o “tiempo ordinario”. No celebramos ningún aspecto concreto de Cristo, como su nacimiento o su resurrección, sino que estamos invitados a dejarnos llevar más “cronológicamente” por el mensaje de la Biblia. Es un tiempo, en fin, en el que podemos leer todos juntos prácticamente todo un Evangelio si nos ocupamos de ello los domingos.

La semana pasada hemos celebrado la Fiesta del Bautismo del Señor, culminando ya la Navidad. Y decíamos, además, que ese bautismo inauguró la vida pública de Jesús. El Evangelio de hoy nos explica que Jesús regresó nuevamente a ver a Juan luego del bautismo, y éste hace una confesión de fe muy grande: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (v. 29)

Cordero de Dios

¿Qué significa la expresión “Cordero de Dios”? Que Jesús sea el Cordero no es un detalle menor, sobre todo por la profunda tradición religiosa de la que este título obtiene su significado.

En el Génesis (22,1-19) Dios pone a prueba a Abraham, y le pide que entregue a Isaac, su hijo único, en sacrificio. Abraham, obediente, llevó a su hijo al lugar donde le había indicado Dios, y cuando estuvo a punto de matarlo, un ángel le frenó la mano y le quitó el puñal. “No pongas la mano sobre tu hijo, ni le hagas nada, porque has demostrado ser temeroso de Dios al no haberme negado tu único hijo” (Gn 22,12). Este episodio es figura de Cristo, como lo han visto los primeros santos de la Iglesia.

Durante los siglos venideros, los judíos ofrecían dos sacrificios cotidianos de corderos en el Templo. Presentaban un cordero excelente ante el sacerdote judío y éste hacía un ritual de sacrificio, mediante el cual “pasaba” los pecados al animal que sería la víctima, y luego lo inmolaba sobre un altar. Así obtenían el perdón de los pecados (de aquí viene la idea de “chivo expiatorio”). Esto también prefigura a Cristo, cordero inmolado que cargó sobre sí mismo el pecado del mundo, y nos perdonó nuestras faltas con su sacrificio en la cruz.

La Iglesia asumió toda esta tradición y la releyó desde el acontecimiento de Cristo. Además, nos enseña que Cristo fue, a un mismo tiempo, sacerdote (porque fue él quien ofreció el sacrificio), altar (porque sobre él mismo se ofreció el sacrificio) y víctima (porque se ofreció a sí mismo en sacrificio).

El sacrificio del Cordero

Jesús, al ser sacerdote, altar y víctima, recibe el nombre de verdadero Cordero de Dios. Él entregó la vida libremente por nosotros: “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla…” (Jn 10,17-18).

Pero, ¿qué fue lo que movió a Cristo a entregar su vida por nosotros? Quizá muchas veces lo hemos escuchado, pero nunca nos hemos detenido a contemplar esta gran verdad de fe: el sacrificio de Cristo es un sacrificio de amor. “En esto consiste el amor: en que Dios nos amó primero y nos envió a su Hijo como víctima de expiación, para el perdón de nuestros pecados.” (1 Jn 4,10). Pensemos en los miles de sacrificios que somos capaces nosotros de hacer en favor de una persona que amamos. Recordemos cómo nuestros padres supieron dejar de lado hasta necesidades personales con tal de que no nos faltara nada de pequeños. Favores, ayudas, auxilios, tiempos, energías… la vida cotidiana está salpicada de pequeños sacrificios que son movidos por el amor.

Cristo hizo el gran sacrificio de amor, por mí, por vos que estás leyendo, por los buenos y los malos… por todo el mundo. ¡Gloria a Él, que nos ha amado hasta el extremo sin atender a nuestros méritos!

Discípulos del Cordero

Todos nosotros hemos sido bautizados con el agua y el Espíritu, y san Pablo nos recuerda que quienes hemos sido bautizados “hemos sido sepultados con Cristo en su muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos mediante la actuación del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,4).

Así, hemos escuchado la llamada de Cristo a vivir la vida cristiana. Y, si hurgamos un poco en nuestra vida, ha habido muchos “Juan Bautista” que han sabido señalar al verdadero Dios. Ellos también nos han dicho, con su vida, su ejemplo, su predicación, “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Agradecidos por esta mediación, hemos hecho opción por Jesús, por seguirlo a Él.

Esto nos debe enseñar que el importante no es “Juan Bautista”, sino Aquél que es señalado por Juan Bautista: Jesús. Él es el que realmente importa. Muchas veces “seguimos” a un sacerdote, a un predicador, a una página católica, a una radio, a un programa, a una opinión, a una explicación… todo eso está bien sólo cuando sirve de mediación para encontrarnos con Jesús. No debemos confundirnos nunca ni poner a una persona o una cosa en el lugar que sólo le corresponde a Cristo. Esta es una verdadera actitud de adoración, como enseña el Papa en una homilía del día de Reyes: “Adorar es poner en el centro al Señor para no estar más centrados en nosotros mismos”.

Así seremos discípulos de Jesús: poniéndonos en el lugar de la escucha y la obediencia a Dios. Es muy difícil y, por experiencia lo digo, puede llegar a ser frustrante tener que abandonar criterios propios para dejar que Jesús actúe en nuestra vida. Pero lo vale. Jesús es el mejor chofer para nuestra vida, Él nos guiará hacia lo verdaderamente bueno, hacia la felicidad, hacia la Vida Eterna.

Invitación
Quisiera, si no es hoy, que sea en uno de estos días, que podamos hacer una retrospectiva e identifiquemos esos “Juan Bautista” que nos han señalado a Jesús en nuestra vida. Un catequista, un sacerdote, un familiar, un amigo, un desconocido… Y que demos gracias a Dios por haberlo puesto en nuestro camino, puesto que nos ha ayudado a acercarnos a Él y a vivir mejor nuestra vida cristiana.

Además, no perder de vista que, a lo largo de este tiempo litúrgico que comenzó, podamos reflejar ese amor de Dios que nos ha entregado a su único Hijo para nuestra salvación.

¿Cómo poder reflejarlo? Con una memoria agradecida de todo lo que el Señor ha hecho por cada uno de nosotros, con predicación, con alegría, con oración, con Misa, con Adoración… con obras concretas de caridad, con muestras de cariño y cercanía con los hermanos. Así enseña San Juan en su carta: “Queridos, si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros… Si alguno dice que ama a Dios, y a la vez odia a su hermano, es un mentiroso; puesto quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.” (1 Jn 4, 11.20) ¡Viva el Señor! ¡Viva la Iglesia Católica! ¡Amén!

Feliz domingo para todos.

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