Los principios estéticos de Ricardo Rojas.

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Por Jorge Oscar Pickenhayn

Finalmente me brindó el privilegio de su cálida amistad, recibiéndome, con frecuencia, en el Instituto de Literatura Argentina, creado por él, y en su domicilio particular de la calle Charcas -hoy, «Museo Ricardo Rojas»-donde lo visité muchas veces: la última, una fría tarde de junio de 1957, pocas semanas antes de su fallecimiento.
Su doctrina estética -basada en el clásico modelo grecolatino, de raíz platónica, con los necesarios ajustes medievales, renacentistas y modernos-terminó asimilándose a ciertas posteriormente, los de Herder y Fichte, pero sobre todo el de Hegel, aparecen con frecuencia en sus reflexiones sobre el destino de la cultura universal. Acorde con Miguel de Unamuno -ese gran amigo, a la distancia-quiso, además, que el arte de Hispanoamérica se orientase por cauces propios, regionalistas, donde lo autóctono resultase fundamental. Cuando hace cuarenta años es­cribí mi primera nota sobre Ri­cardo Rojas (un artículo de cua­tro páginas que publicó la revista literaria «Nosotros», que dirigían Roberto F. Giusti y Alfredo Bianchi, en su número 90), con motivo del estreno de La Salamanca, en el Teatro Nacional de Comedia, el 10 de setiembre de 1943, quise subrayar -ya, entonces- los principios estéticos y el firme ideal americanista que alentaban la producción de su autor. Posteriormente, en otros trabajos (más de quince, sobre distintos aspectos de su quehacer literario, volví a subrayar tales condiciones. Así, por ejemplo, en los artículos que aparecieron, durante estos últimos meses, con mi firma, en el diario La Prensa, de Buenos Aires; en La Gaceta, de Tucumán, y en el suplemento literario de El Día, de Mon­tevideo. También en el aporte que, para la serie de «Tes­timonios» sobre Ricardo Rojas, me solicitó el Instituto de Literatura Argentina. Y, fi­nalmente, en el libro titulado «La obra literaria» de Ricardo Rojas, cuyos originales entregué a la dirección de Ediciones Cultu­rales Argentinas a comienzos de 1982 y cuyo texto se halla en prensa.
Numerosos escritores, ar­gentinos y extranjeros, trataron exhaustivamente la valiosa producción de Rojas; enume­rarlos escapa, por su extensión, a las posibilidades de este breve ensayo. Pero sí cabe decir que las Obras completas de don Ricardo fueron publicadas, en vida de su autor, en dos oportunidades: por la librería y editorial «La Facultad» de Juan Roldan y Cía., en los diecinueve tomos aparecidos entre los años 1922 y 1930; por Losada S.A., posteriormente, a través de una amplísima serie, en cuarenta volúmenes que, por desgracia, quedó inconclusa.
Ricardo Rojas, candidato al Premio Nobel de Literatura, a quien los gobiernos de Francia y del Perú distinguieron, res­pectivamente, con la Legión de Honor y la preciada Orden del Sol, obtuvo, también en la Argentina, valiosos galardones. Así, el actual secretario de Cultura, doctor Julio César Gancedo, dispuso instituir, en homenaje suyo, el «Día Na-
im Insigne catedrático, i , tomó parte en la creación de las universidades de Tucumán y Cuyo e intervino en el desarrollo de la de La Plata, mientras I que en la de Buenos Aires, por elección de I sus colegas, ejerció el decanato en la Facultad de Filosofía y Letras, previo a su nombramiento como Rector universitario.
cional de la Cultura», creándose luego una Comisión Perma­nente de Homenaje, que preside Juan José de Urquiza, entre cuyos miembros fui designado oficialmente.
Insigne catedrático, tomó parte en la creación de las universidades de Tucumán y Cuyo e intervino en el de­sarrollo de la de La Plata, mientras que en la de Buenos Aires, por elección de sus colegas, ejerció el decanato en la Facultad de Filosofía y Letras, previo a su nombramiento como Rector universitario. Después, varias casas de altos estudios, en América y en Europa, lo incorporaron a sus claustros, ampliándose, de este modo, todavía más, los már­genes para dicha labor docente.
La doctrina de Rojas, expuesta ya desde sus primeros libros en prosa. -«El país de la selva» (1907), «Cosmópolis» (1908), «La restauración nacionalista» (1909), «Blasón de plata» (1910) y «La Argen-tinidad» (1916)- se concretó en «Eurindia» – «Ensayo de Estética fundado en la experiencia histórica de las culturas americanas», como señala el subtítulo-, publicado en 1922. Rojas quiso explicar en «Los gauchescos», primera parte de su monumental Historia de la literatura argen­tina, cómo había ideado el vocablo «Eurindia»: para con­centrar, en una sola palabra, lo europeo y lo indígena. Frente a la dura antinomia social, calificada por Sarmiento como «civilización y barbarie», en su «Facundo», Rojas no quiso aceptar el nombre de «bár­baros» para los indios y los gauchos. Lo mismo sostuvo el escritor francés Raymond Ronze cuando, siguiendo a Rojas, dijo: «Les barbares, pour moi, sont les étrangers, au sens latín du mot». Y no, los nativos.
Palabras esclarecedoras sobre el origen de «Eurindia» son las que aparecen en su prólogo. Allí el autor cuenta cómo -navegando por el Atlántico, de regreso a su patria, desde el Viejo Mundo-escuchó cantar a un grupo de emigrantes españoles, alojados en la proa del barco, sus melodías regionales. Y pensó que estaban surcando la misma ruta por donde, antaño, habían pasado sus abuelos: dispuestos -como ellos- a tender firmes vínculos entre Europa y el territorio de Indias.
Los noventa y siete capítulos del libro fueron agrupados en partes claramente discernibles. Tras un enfoque inicial, sobre los tradicionales ritmos históricos y sobre ciertas anomalías de nuestra cultura, se entra en un pormenorizado análisis de las distintas escuelas estéticas, a través del tiempo. El clasicismo, el romanticismo, el naturalismo, el modernismo y las tendencias contemporáneas son estudiados minuciosamente (en seis capítulos), para abordar, después, los temas filológicos y establecer comparaciones entre las di­ferentes lenguas indígenas y el castellano de los conquistadores. La doctrina eurindiana, expuesta a continuación, ofrece páginas que nos hablan del progresivo desarrollo cultural, cumplido a lo largo de cuatro etapas: primitiva, colonial, patricia y cosmopolita. Sobre estas cuatro etapas proyecta Rojas nuestro devenir artístico, en materia de ar­quitectura, escultura, pintura, música, poesía y danza. Para cada una de tales especialidades estéticas hay cinco capítulos en Eurindia alcanzándose así un total de treinta ítems, precisos y detallados.
Dieciocho páginas com­prende, por ejemplo, la con­sideración de las posibilidades musicales: desde el estudio de los cancioneros autóctonos y los instrumentos nativos, hasta la enseñanza académica o la actividad operística y de conciertos, donde sobresalieron Alberto Williams, Julián Aguirre, Berutti, Panizza, De Rogatis, Carlos López Bu-chardo, Floro Ugarte y otros compositores a quienes Rojas cita. Cosa similar ocurre tratándose de pintura, escultura y arquitectura. 0 bien, de poesía y danza.

Su ideario
Pero no sólo en este «ensayo de estética sobre las culturas americanas» expuso Rojas su ideario. También en otras oportunidades. Así, por ejemplo, al explicar los pormenores referentes al vestuario y a la escenografía, en la edición que hizo Losada de Ollantay, donde también reprodujo la música compuesta, para esa obra, por Guardo Gilardi; en los prólogos de libros sobre arquitectura, folklore, música y poesía, escritos por Ángel Guido, Augusto Raúl Cortázar, Carlos Vega e Ismael Moya; en la introducción que escribió para el primer número de la revista «Música de América», dirigida por el crítico de La Prensa, Gastón O. Talamón; en las conferencias dictadas en la Universidad de Tucumán, donde propuso crear allí una escuela de bellas artes; en su estudio sobre el Himno Nacional Argentino y el valioso «Silabario de la decoración americana», que luego comentaré. Por ende, en varios ensayos sobre temas cívico-patrióticos, como «La Restauración Nacionalista», «Blasón de plata» y «La argentinidad». Asimismo, en algunos relatos histórico-biográficos, como los del volumen titulado «Los ar­quetipos» (sobre la vida de Güemes, el caudillo; Sarmiento, el maestro; Ameghino, el sabio; Pellegrini, el estadista, y Guido Spano, el poeta) que alcanzarían su punto máximo con «El profeta de la pampa» y «El santo de la espada», obras laureadas con justicia. Además, en su magnífica «Historia de la literatura argentina», cuyos cuatro tomos («Los gau­chescos», «Los coloniales», «Los proscriptos» y «Los moder­nos»), junto a datos valiosísimos sobre el tema, ofrecen un panorama de toda nuestra cultura. Esta obra ciclópea supo, por ello, de varias ediciones: la primera, en cuatro volúmenes, impresa en Buenos Aires por el editor Juan Roldan, entre 1917 y 1922; la segunda, en ocho volúmenes, por iniciativa del mismo editor, pero impresa en España, entre 1924 y 1926; la tercera por Losada, en Buenos Aires, en 1948, siempre en ocho volúmenes, pero con un índice temático agregado; la cuarta por Guillermo Kraft, en 1957, en nueve volúmenes, por habérsele destinado a dicho índice un tomo aparte.
Algunos músicos, como Vicente Forte, Pascual de Rogatis y Guardo Gilardi, desarrollaron, en sus partituras, el lema eurindiano. Forte compuso, basándose en una poesía de Rojas, su conocido «Romance de ausencias»; Pascual de Rogatis, sobre un relato de «El país de la selva», su poema sinfónico «Zupay», estrenado con éxito en 1910 (según expliqué en la nota titulada «In memoriam Pascual de Rogatis» que publicó, en marzo de 1981, la revista «Nuestra Ciudad», editada por la Municipalidad de Buenos Aires); Guardo Gilardi fue el inspirado autor de la música de escena para «Ollantay», y Carlos Vega y Silvia Eisenstein hicieron la de «La salamanca». En mi libro sobre Guardo Gilardi, publicado en 1966 por Ediciones Culturales Argentinas, recogí varias .anéc­dotas sobre las cordiales rela­ciones entre el músico y el dramaturgo. Así las opiniones de Gilardi sobre «Eurindia» (en oportunidad de una visita que me hizo, acompañado por su esposa, María Lucrecia Mada-riaga de Gilardi), donde mani­festó que ese libro constituía un imprescindible vademécum para todos nuestros artistas. En la biblioteca particular del compo­sitor -que revisé al documentar­me para el mencionado estudio-hallé, además, un volumen de Ollantay dedicado por Rojas a Gilardi en significativos tér­minos.
Si pasamos de la música a la arquitectura veremos que Ángel Guido -autor del proyecto para la construcción de la residencia, hoy museo, ubicada en la calle Charcas, cuyo frente reproduce el de la Casa Histórica de Tucumán- reconoció también, públicamente, haber seguido a Rojas en sus ideas, como lo hizo en «La inquietud americanista» y «Eurindia» o en «Eurindia en la arquitectura americana», valiosos trabajos publicados en 1927yl936.
A su vez el escritor uruguayo Fernán Silva Valdés, en la nota compuesta por él para recordar al escritor argentino en la Revista de la Universidad de Buenos Aires, en 1958, lo llamó «el poeta de Eurindia», señalando la trascendencia de su mensaje en ambas orillas del Río de la Plata.
Es que no solamente con ensayos y explicaciones doc­trinarias alcanzó Ricardo Rojas a difundir sus ideas artísticas. También con valiosas creacio­nes en el campo poético, teatral y narrativo, que son las que, a continuación, pasaré a con­siderar.
Rojas, como poeta, fue un admirador de Rubén Darío y del modernismo, cuyo estilo, impuesto en América, él siguió en determinadas ocasiones. Pero sin excluir su vocación neoclásica, exteriorizada en obras de inspiración griega, en la «Oda latina» sobre un tema de Virgilio en la predilección manifiesta por la «Divina Comedia», cuyos tercetos endecasílabos habrían de ceñir, formalmente, uno de sus poemas más significativos: «El albatros». Cuenta Ismael Moya (a quien tuve por colega en mis clases de castellano y literatura en la Escuela Superior de Comercio «Carlos Pellegrini», dependiente de la Universidad de Buenos Aires) como su maestro, en los últimos años, solía repetir «con devoción y asombroso alarde de memoria», largos fragmentos de la in­mortal creación dantesca.

Sus libros
El primer libro de Rojas -«La victoria del hombre» (Buenos Aires, 1903)- es un largo poema cíclico de 150 páginas, basado en reflexiones filosóficas. Roberto F. Giusti, que analizó dicho volumen en su estudio «Nuestros poetas jóvenes» (Buenos Aires, 1912), dijo que presentaba un «su­perficial barniz modernista», por encima de su naturaleza romántica, influida por los ejemplos de Víctor Hugo y el muy español Núñez de Arce. Agregó que Rojas tenia el genio oratorio de los predicadores, distinguiéndose como un poeta civil, juicio que compartiría Fermín Estrella Gutiérrez, en su valioso estudio sobre «Ricardo Rojas, poeta», publicado por la Revista de la Universidad de Buenos Aires, en 1958. Expuso también Estrella Gutiérrez que «la musa de Rojas es una musa trascendente, que se aproxima más a los vates de la antigüedad -sacerdotes y profetas, a un tiempo- que a los poetas modernos, que suelen describir la naturaleza circundante». Por «La victoria del hombre», Guido Spano llamó a su autor, en 1903, «poeta de la lira de bronce». Es que Rojas, sin la fascinante pujanza de Lugones, ni la delicada intimidad de Banchs, supo acreditar -sin embargo-virtudes fundamentales, espe­cialmente en materia de ritmo y musicalidad.
Pocos años más tarde quiso demostrar que podía ser también un «juglar sonriente». Compuso entonces «El ocio lírico», en 1910, siete años después que «La victoria del hombre». Las partes, sistemáticamente iguales, de «El ocio lírico» servirían para abrir el ciclo denominado «Los uses del blasón», dado a conocer en 1911. Rubén Darío elogió esta obra de Rojas, donde sobresale «La respuesta de Loxías», diálogo sobre un tema helénico que su autor le dedicó al escritor uruguayo José Enrique Rodó, a quien admiraba, por igual que a Juan Zorrilla de San Martín, el autor de «La leyenda patria», «Tabaré» y «La epopeya de Artigas».
En el tomo de «Poesías» de Ricardo Rojas, que Juan Roldan editó en 1923,fÍgura aquella «Oda latina», en sonoros hexámetros, que glosa un pasaje de «La Eneida», de Virgilio; también el poema «La sangre del sol», dedicado a Joaquín V González, y el ciclo de dieciocho poesías amatorias, titulado «Los cantos de Perséfona» (1906-1921), que incluye el hermoso soneto «La noche azul», escrito por Rojas en Río de Janeiro, en 1923, durante el viaje nupcial con Julieta Quinteros; siete noc­turnos, una balada de fogoso acento y el «Romance de ausencias», que, como dije, fue puesto en música por Vicente Forte. El volumen se cierra con la conocida «Oda de las banderas», citada en numerosos textos escolares.
Entre la restante pro­ducción lírica de Rojas hay otros poemas suyos que figuran en más de cuarenta antologías. Algunos glosan temas uni­versales, pero la mayoría tiene un marcado tono regional, como el de «La musa indiana», la «Vidala del regreso» o «El cielo Terruño», compuesto entre 1920 y 1940.
Toda esta labor poética (no olvidemos, además, que tres de las cuatro piezas teatrales de Ricardo Rojas -«Elelín», «La salamanca» y «Ollantay» son en verso) culminaría en «El albatros», extenso poema compuesto en 1934 y dedicado «a la juventud argentina». Fue publicado en «La Nación» recién doce años después (el 3 de febrero de 1948), considerán­dolo Alfredo de la Guardia, en su libro sobre Ricardo Rojas, muy elogiosamente: «Dentro de su género -dijo el renombrado crítico- no se registra en el país otro poema de esta notable categoría estética». Sus más de cuatrocientos versos endeca­sílabos -reunidos en 134 tercetos, con el agregado de una línea conclusiva: «Y el albatros voló desde mi roca»- recuerdan, por momentos, las estrofas de «El nido de cóndores», de Olegario V Andrade. Oda épica y lírica a la vez, soñadora y recia, nació en Ushuaia, donde el autor -confinado por razones políticas tuvo que residir en 1934, época cuando también escribió «Archipiélago», sobre cuyo contenido se explayó brillan­temente el doctor Martín Alberto Noel, en un acto en homenaje a Rojas ofrecido, el 17 de septiembre de 1982, por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde hablaron -además de
Por «La victoria del hombre», Guido Spano llamó a su autor, en 1903, «poeta de la lira de bronce». Es que Rojas, sin la fascinante pujanza de Lugones, ni la delicada intimidad de Banchs, supo acreditar -sin embargo- virtudes fundamentales, especialmente en materia de ritmo y musicalidad.
Noel (quien lo hizo como director del Instituto de Literatura Hispanoamericana) -el decano de esa casa de estudios, doctor José Santos Collán; el director del Instituto de Litera­tura Argentina «Ricardo Rojas», doctor Antonio Pagés Larraya; la directora del Instituto de Historia Argentina y Americana, doctora Daisy Rípodas Ardanaz, y el director del Instituto de Filologia y Literaturas Hispánicas, doctor Ángel J. Battistessa.
La influencia de «Eurindia» trascenderla, igualmente, sobre las obras de teatro de don Ricardo. Todas ellas -y son cuatro- basadas en la historia del continente americano. «Ollantay» transcurre antes de la llegada de los españoles; «Elelín» marca un episodio de la conquista hispánica; «La sala­manca» describe algunos mágicos sortilegios propios del Nuevo Mundo; «La casa colo­nial» presenta el enfrentamiento entre los subditos españoles de ideas conservadoras y los criollos, de empuje revo­lucionario.
Componen estas piezas una tetralogía, cuyos lugares y fechas de estreno fueron los siguientes: «Elelín», en el teatro Ateneo, en 1929; «La casa colonial», en el Liceo, en 1932; «Ollantay»^ en el Teatro Nacional de Comedia, en 1939; «La salamanca», en ese mismo escenario, el 10 de septiembre de 1943. Por su lado, los dramas en verso («Elelín», «Ollantay» y «La salamanca») fueron editados, respectivamente, en 1929, 1939 y 1943 (el primero, por la librería La Facultad y los dos últimos, por Losada), mientras que «La casa colonial», en prosa, por la revista Nosotros, en dos números sucesivos: enero y febrero de 1938, seis años después del estreno.
Quiero hacer notar que los argumentos correspondientes fueron expuestos, en parte, a través de obras anteriores del autor, sobre todo en: «El país de la selva». También en algunas notas periodísticas, como la que Rojas publicó, en 1918, sobre Catalina de Enciso, mujer de uno de los expedicionarios ibéricos, a la cual había llamado «La conquistadora» en el primer título que tuvo «Elelín».
Esta pieza describe el itinerario seguido por el osado Diego de Rojas, en busca de una legendaria comarca, llamada también «Trapalanda» o «La ciudad de los cesares». En cambio, «La casa colonial» presenta el choque de ideas entre quienes -como el dueño de esa finca que el titulo menciona- siguen fieles a España después de 1810, mientras Belgrano, Güemes, Pueyrredón, San Martín y otros proceres, llevaban adelante la consigna libertadora. «Ollantay», pieza basada en cierto drama de vieja tradición incaica (ya conocido en América un año antes de la entrada de Pízarro en el Perú) tiene como protagonista a, un cacique que, por amor hacia la princesa Coyllur, hija del emperador Yupanqui, desafía la autoridad del monarca y muere ajusticiado. Finalmente «La salamanca» es una versión americana de la clásica historia del doctor Fausto, reencarnado ahora en la figura de El Amo, quien pretende a La Doncella, por cuya posesión pacta con Zupay, imagen del Diablo.

El Teatro
escritores Alfredo de la Guardia, Raúl H. Castagnino y Antonio E. Serrano Redonnet.
Falta decir en qué medida influyó la -doctrina eurindiana sobre los cuentos y relatos de Ricardo Rojas. La mayor parte de ellos apareció en «El país de la selva» (que Garnier, de París, editó en 1907), libro que refleja los tiempos juveniles de su autor, cuando vivía -junto a su padre, Absalón Rojas, santiagueño, y a su madre, Rosario Sosa y Sobrecasas, tucumana- en Tucumán y Santiago del Estero. Tal es el caso de «Zupay», «Los difuntos», «La salamanca», «El toro-diablo», «El íncubo», «El runauturunco», «La muí’ anima», «La telesita» y «El kacuy». Antonio Pagés Larraya reprodujo, en su antología «Cuentos de nuestra tierra» (Bs. As., Raigal, 1952), la historia de «La telesita», con el agregado de un interesante comentario. Antes, en 1938, quedó incorporado «El kacuy» a la selección de «El paisaie y el alma argentina», que luego tradujeron al francés.
Otros relatos de Rojas fueron «La psiquina», publica­do por La Novela Semanal, en 1917, y «El ucumar», dado a conocer por esa misma revista en 1918. El primero describe un experimento químico, realizado con fines ocultistas, que termina trágicamente. El segundo recoge una superstición muy arraigada en el Norte argentino.
Los principios estéticos de Ricardo Rojas, expuestos sobre todo en «Eurindia», serían retomados por su autor, seis años después, en el «Silabario de la decoración americana», cuya primera edición (que Juan Roldan hizo imprimir en España, en 1930) tuvo un desdichado final. Hallándose los ejemplares en un depósito de Madrid ocurrió que una bomba, caída durante la Guerra Civil, provocó la inundación del sótano que los albergaba, salvándose tan sólo los que habían sido enviados, poco antes, a Buenos Aires. La segunda edición, hecha por Losada en 1953, reprodujo los numerosos dibujos ilustrativos de Fausto D’Alessio que figuraban en la primera y cuyos originales había guardado Rojas. Resultan útiles para comprender mejor el texto de la obra, que va desde una explicación sobre los fines ornamentales del simple punto o de la línea, hasta el análisis de complejas estructuras, inspiradas en modelos geomor-fos, fitomorfos, zoomorfos, antropomorfos o mitomorfos. La aplicación de colores, el trabajo de estilización, el empleo de tal o cual técnica, el valor simbólico de cada elemento, aparecen en función de los posibles resultados obtenidos con imágenes de arcilla o con tallas en piedra, madera o metal; también sobre tejidos y por otros medios.
«El Silabario» -dedicado al arquitecto Ángel Guido, a quien Rojas llamó «el arquitecto de Eurindia», como testimonio de admiración y prueba de amistad- está basado en «The grammar of ornamentation», libro de Owen Jones que Rojas ponderó mucho en una de las tres conferencias (la última) que pronunciara dieciséis años antes en la Universidad de Tucumán, al referirse a la necesidad de crear un «abecedario de la composición ornamental en América» (Ricardo Rojas: «La Universidad de Tucumán»; Bs. As., ed. de Enrique García, 1915,pág.l33).
En el prólogo del «Silabario de la decoración americana» su autor trazó un paralelo entre lo que pudo haber acontecido, hipotéticamente, en la legendaria Adántida y en estas tierras de América que él llamó «Eurindia». Manera de tender un puente entre dos libros de parecida finalidad: el de 1922 y el de 1930. En uno y otro prevalece la recomendación de escuchar, atentamente, las voces del arte.
Yo desearla transmitir a los jóvenes de hoy esta admiración que siento por Ricardo Rojas y su obra. Aconsejarles que lean y relean a fondo sus principales libros, en algunos de los cuales encontrarán consejos tan valiosos como aquel en que les recomendaba estudiar mucho y bien, para no hallarse inermes frente al porvenir «en esta hora tormentosa del mundo». Que trabajen en lo que consideren su vocación -porque tal es la mejor manera de emplear la vida-, sin perder nunca la fe en nuestra querida patria, digna de ser amada siempre: en todo momento y circunstancia.


Fuente: http://www.fundacioncultural.org/

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