¿Necesita el gobierno de Macri un Carlos Bianchi salvador?

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El 3 de diciembre de 1995 Boca vivió una de las tardes más tristes de su historia deportiva. Fue 4-6 en la Bombonera ante el Racing de un inspiradísimo Rubén «Mago» Capria y chau campeonato. Tras esa derrota, el equipo de Diego Maradona y Silvio Marzolini perdió la punta de un torneo que había llegado a liderar con seis puntos de diferencia sobre sus perseguidores. No tuvo tiempo ni reacción como para revertirlo. Dos semanas después el Vélez de Carlos Bianchi -un nombre que más adelante será preponderante en esta historia- se consagró campeón.

En medio de tanto dolor -sólo un hincha puede entender lo que significa perder un torneo que creía ganado- es improbable, más bien imposible, que algún socio se haya imaginado lo que se empezó a gestar ese mismo día, a la misma hora, y en el mismo lugar.

Eran años en los que se festejaba mucho en Núñez y poquito en Caminito. Ese contraste entre los fracasos propios y el éxito de los otros ayudó. Pero las urnas no se llenan solas y hubo nombres claves que posibilitaron que un «chico bien» sin impronta bostera desbancara al querido «Don» Antonio Alegre y se transformara en presidente de Boca.

Ese joven que venía del mundo empresario y cuyo nombre se había popularizado como «el hijo de» tras ser víctima de un secuestro en 1991 era Mauricio Macri. Y quienes lo ayudaron a cumplir su sueño en el club de la Ribera fueron, entre otros, Enrique «Coti» Nosiglia, Roberto Digón y Luis Conde, tres conocedores de la política y de los pasillos de la Bombonera que aportaron la estructura de sus agrupaciones para la cruzada electoral.

Nosiglia, ex ministro del Interior de Raúl Alfonsín acompañó con matices al Presidente durante toda su carrera. Colaboró en 2007 para ganar la Ciudad, fue importante para la conformación de la alianza Cambiemos en 2015 y actualmente es un hombre de consulta permanente con llegada a distintas áreas de gobierno. Hay un dato de color que confirma la cercanía: en una de las tres fotos que tiene Macri en su despacho de Balcarce 50 se lo puede ver junto a «Coti» y al fallecido Arturo Grimaldi en un torneo de tenis que se disputó en los ’80 en Punta del Este.

El final de la historia es más o menos conocido: 4 Libertadores, tres viajes a Japón, varios campeonatos, dos reelecciones (en la segunda ni siquiera tuvo rival) y un salto triunfal a la política grande. Sin embargo, no todo fue color de rosa.

Las primeras medidas de su gestión fueron impopulares y muy criticadas. Pese a que el club estaba saneado financieramente, aplicó una fuerte suba en la cuota social, achicó la cantidad de empleados, bajó los salarios, redujo los contratos de los jugadores y «limpió» a varios ídolos. Fue en aquellos días que Maradona lo bautizó como el «cartonero Báez». Llamativamente, veinte años después el PRO hizo de aquella frase una bandera de campaña para reivindicar la austeridad de su líder.
Tapa de revista El Gráfico en medio de la gestión de Veira en Boca

En el plano deportivo las cosas no empezaron mucho mejor. Aún no eran épocas de acceso masivo a internet. Mucho menos de Facebook o de Snapchat. Pero sí de encuestas. Y el ingeniero recibido en la Universidad Católica Argentina ya hacía un culto de ellas. Justamente fue un sondeo de opinión el que lo llevó a elegir a Carlos Salvador Bilardo como su primer director técnico.

El «Narigón» fue eyectado del banco de suplentes cuando aún le quedaba un año de contrato. Los resultados no ayudaron y en la vereda de enfrente todo era alegría: en ése 1996 el River de Ramón Díaz, Ariel Ortega y Hernán Crespo ganó la Libertadores y viajó a Tokio a jugar la final del mundo.

Otra encuesta y otro técnico. Llegó Héctor Rodolfo Veira con una medalla difícil colgada en el pecho: había sacado campeón a San Lorenzo luego de 21 años de sequía. El ciclo del «Bambino» fue de mayor a menor. Con un plantel renovado, en 1997 peleó el Apertura hasta el final, pero una vez más quienes dieron la vuelta olímpica fueron los «millonarios».

A Veira le explotó el «cabaret» en el vestuario y la dirigencia que ya no era tan nueva empezó a sentir la presión de una hinchada disgustada por la falta de títulos. Una muestra de ello fue lo que pasó el 26 de abril de 1998 en el estadio de Ferro. El local se impuso por 4 a 1 y parte de la barra xeneize se retiró de la cancha como gesto de repudio a sus jugadores.
Mauricio Macri, pocos días después de asumir en Boca

A Macri casi no le quedaban balas para salvar su conducción. Faltaba poco más de un año para las elecciones y si bien había modernizado el club, pesaban más los fracasos que los aciertos. Su elegido para lograr la hazaña de retener el poder era Daniel Alberto Passarella, entonces técnico de la Selección que estaba jugando el Mundial en Francia. Pero si existe la suerte, fue en ese momento que tocó la puerta del entonces dirigente de Boca.

Las críticas, el destino, la alineación de dos planetas o vaya a saber qué terminaron frustrando el desembarco de «El Kaiser» en la Ribera. Casi sin oxígeno y vapuleado por los malos resultados Macri cedió a la opinión de otros integrantes de la Comisión Directiva y convocó a Bianchi, el «Virrey» que había ganado todo con Vélez. Y ahí sí: todo cambió.

El trampolín a la política
«Si Boca fuera una empresa, Bianchi fue el gerente más exitoso de su historia». En esos términos recuerdan hoy al DT algunos hombres que estaban cerca del Presidente de la Nación en 1998. Lo que hizo el entrenador en el xeneize fue mágico, imposible de igualar. El que mejor lo suele describir es Juan Román Riquelme: «Bianchi llegó un día de mucho frío en 1998, se presentó, y recién perdió un año después». Un fuera de serie.

La cosecha de éxitos le permitió a Macri ganar la reelección holgadamente y empezar a mirar otro mundo que lo seducía más que el fútbol: la política. Allí empezaron a aparecer nuevos nombres, muchos de los cuales lo acompañan hasta hoy.

El primero de esa lista es Horacio Rodríguez Larreta, quien no tiene pruritos en afirmar que con su jefe no los une una amistad sino una relación de trabajo. El vínculo nació en 2002, cuando el ahora jefe de Gobierno ofreció los cuadros técnicos del Grupo Sophia para su primera aventura electoral en la Capital Federal. En ese armado también tuvo un rol influyente Juan Pablo Schiavi -años después se convirtió al kirchnerismo-.

El otro nombre importante que ayudó a abrir paso en el complejo mundo de la política fue Carlos Grosso. Se conocieron cuando convivían en el Grupo Socma, nunca perdieron contacto, y en 2003 el ex intendente porteño se transformó en un consejero del entonces directivo xeneize. La relación ganó fluidez con el tiempo y desde hace algunos años el ex funcionario menemista ocupaun lugar en la mesa chica de decisiones del PRO. Tal es así, que de su boca salió la reciente idea de convocar a gremialistas y empresarios a Casa Rosada para firmar un compromiso contra los despidos.

Los éxitos en Boca y cierto fastidio de los porteños con la gestión de Aníbal Ibarra le permitieron a Macri ganar la primera vuelta de las elecciones de 2003 por la Jefatura de Gobierno. Sin embargo, su alta imagen negativa -se lo asociaba a las políticas menemistas que desembocaron en la crisis de 2001- le impuso un techo bajo que le impidió sostener el triunfo en el ballotage.

Video: spot de la campaña de Macri en 2003

Aquella derrota electoral dejó algunas cosas interesantes. Por ejemplo, le permitió al ya extinto Compromiso para el Cambio formar un bloque fuerte en la Legislatura porteña que tiempo después tuvo un rol determinante para destituir a Ibarra por la tragedia de Cromañón. En esa bancada se empezaba a destacar un hombre al que los medios solían identificar como el «diputado más joven de la Ciudad». Ese legislador, que asumió con apenas 26 años, era Marcos Peña, hoy jefe de Gabinete de la Nación y cabeza estratégica del pensamiento PRO.

La primera alegría en las urnas se registró en 2005 con su líder como candidato a diputado nacional en la Ciudad de Buenos Aires. Fue la presentación del sello PRO, una alianza entre el macrismo y el partido Recrear que lideraba Ricardo López Murphy. La sociedad le permitió a Macri ampliar su estructura y vincularse con jóvenes cuadros técnicos que hoy ocupan lugares de poder, entre ellos el ministro de Educación, Esteban Bullrich.

Llegó 2007. El regreso de Riquelme a la Bombonera, otra Copa Libertadores y triunfo en la Ciudad. Primer gran desafío político para un dirigente deportivo que se había convertido en exitoso a partir del arribo de Bianchi, pero su falta de experiencia generaba muchas dudas. Y esas dudas se transmitieron a la gestión.

Los primeros años del PRO en la Capital Federal fueron complejos, repletos de conflictos. No había pasado más de un mes de gobierno cuando el flamante líder comunal tuvo que enfrentar un paro general como respuesta a su decisión de intervenir la obra social de los estatales (Obsba). Hoy, 8 años después, los protagonistas de esa primera medida de gobierno admiten que faltó cintura política para evitar el conflicto.
Una protesta de recolectores dejó a la Ciudad repleta de basura por varios días durante el primer gobierno de Macri
Télam

Eran días difíciles para una conducción novata asediada por las protestas gremiales que promovía el entonces kirchnerista Hugo Moyano -un paro de recolectores dejó la Ciudad repleta de basura- y con problemas para conseguir financiamiento externo por su enfrentamiento con el gobierno nacional. Mientras tanto, las inundaciones, el caos del transporte y las promesas de campaña incumplidas -aún hoy la oposición factura los disparatados 10 kilómetros de subte por año que se habían anunciado- empezaban a generar malestar en los vecinos que habían confiado por la nueva conducción.

«Habían llegado al poder, pero no entendían mucho de administración pública. Tenían la botonera, pero no la sabían usar. Después empezaron a entender», describe un experimentado armador. Es difícil encontrar un punto de inflexión a partir del cual llegó ese después. Los cachetazos de la gestión le hicieron entender a Macri que había que dejar el management empresarial y apostar a la política. El tándem Rodríguez Larreta-Néstor Grindetti fue vital para capear el temporal. Y la cosa empezó a andar. Las críticas menguaron y con los primeros logros visibles aparecieron algunos tibios aplausos de un electorado históricamente menospreciado por el kirchnerismo.

Peña dejó de ser una joven promesa política para transformarse en un lúcido secretario general de gobierno con gran influencia en la estrategia comunicacional. Algunos recuerdan anécdotas de cuando «Marquitos se ponía a hinchar» con darle bolilla a Facebook y a las redes sociales en épocas donde los partidos ignoraban los beneficios de las nuevas tecnologías.

Desde esos días hasta ahora no cambió mucho la mesa de toma de decisiones del PRO. Además de Peña, Grosso y Larreta, el jefe de Gobierno solía escuchar con atención al fallecidoGregorio Centurión, y a sus amigos de la infancia Pablo Clusellas, José Torello y Nicolás Caputo.

El ecuatoriano Jaime Durán Barba se transformó en una suerte de gurú de la comunicación,Edgardo Cenzón adquirió importancia en días de campaña cuando había que salir a buscar financiamiento y Daniel Angelici asumió un doble rol preponderante como presidente de Boca – ahora reestructurador de la AFA- y operador en la Justicia.
El celular de Dios

Balcarce, el perro del PRO, en el sillón presidencial

Al Presidente siempre lo sedujo el sillón de Rivadavia, incluso desde antes de lanzarse en la Ciudad. En 2003 y en 2011 mantuvo la incógnita hasta último momento, pero acertó: prefirió evitar derrotas seguras para construir un sueño que se concretó en 2015.

El comienzo del gobierno de Cambiemos no parece muy distinto a las etapas de Boca y de la Ciudad. Con el objetivo de reducir el déficit fiscal, la administración pública inició un proceso de ajuste que incluyó despidos de estatales, aumento de tarifas en los servicios públicos y una inflación descontrolada que en abril llegó a 6,5 por ciento.

Hubo aciertos como el fin del cepo y la negociación con los holdouts, pero las mieles de esos anuncios aún no se sienten en los bolsillos deprimidos de los trabajadores que ven asustados como el Congreso de la Nación discute medidas para proteger el empleo. Mientras tanto, el «segundosemestrismo» se volvió una religión para funcionarios que hasta ahora tienen poco para mostrar. Y el discurso de la herencia recibida empieza a cansar a los votantes que apostaron por el cambio.

En la Libertadores de 2001, el xeneize viajó a la ciudad de Calama, en pleno desierto de Atacama, en el norte de Chile. Un terreno áspero y difícil para cualquier deportista donde el Cobreloa se hace muy fuerte. Sin embargo ese día el milagro ocurrió y una tormenta provocó una tregua ante tanta sequía después de 6 años sin lluvias. Sí, 6. Nunca se podrá determinar si la humedad ayudó, pero fue victoria de Boca 1-0 con gol de Jorge «Patrón» Bermúdez. Por cosas como esta se solía decir que Bianchi tenía el celular de Dios. ¿Se animará Macri a pedirle el número o no lo necesita?

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