Personalidad y sexo: cómo es cada uno a la hora del amor

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La sexualidad, aspecto fundamental de la personalidad, está regida por las mismas reglas que confluyen y se amplían en el armado de la trama personal.

Una de las características esenciales de la personalidad es la singularidad, por lo tanto, la respuesta sexual como comportamiento humano está formulada por el mundo propio de cada individuo. Si la personalidad es única, también lo es la sexualidad.

Sin embargo, existen formas de carácter que tienden a repetir sus comportamientos, con escasa capacidad para cambiar; por su constancia van perdiendo la singularidad, volviéndose predecibles y esquemáticos. No son personalidades patológicas, son verdaderos estilos o modos rígidos de ser.

Estilos o tipos psicológicos

1)      Los solitarios o indiferentes

Son personas que tienden a alejarse de la vida afectiva y de las relaciones interpersonales. Pensantes, pragmáticos, en algunos casos inteligentes y creativos, suelen ganarse el mote de “extraño”, “raro” o “misterioso”. En el cortejo amoroso esperan despreocupados que el otro se acerque y realice los movimientos necesarios para lograr la conquista. En la cama pueden superarse, anotando algunos puntos a su favor. Tampoco “pida peras al olmo”: dará lo justo y necesario. El juego amoroso será breve, sencillo, con algún gesto de torpeza y acierto en los niveles más bajos. Y mucho instinto animal que dirige sus genitales a la penetración. El cuerpo es poco sensual y se sume a las poses más conocidas.

2)      Los excéntricos

Extraño mundo el de los excéntricos, siempre al borde de la locura. Sujetos distantes, con lenguaje vago, cargado de temas mágicos, filosofías extrañas, ideas hilarantes, etcétera. Lo insólito y desprejuiciado de sus conductas llama la atención: genios, artistas o simplemente personas atractivas por su extravagancia, jovialidad o una manera de vivir fuera de toda convención. La excentricidad es la rareza que tiñe la cognición y el comportamiento en general.

Los excéntricos tienen dificultades para cortejar, aunque mantienen reglas de cortesía y amabilidad que aprendieron en la infancia. Al tener pobre roce social no aciertan en el “saber decir” y “en saber hacer” para seducir. Se vuelven torpes: dicen cosas sin sentido, “meten la pata”, creen que cualquier comentario puede ser bien recibido en todo. La cama suele ser un lugar olvidado y de escaso interés.

3)   Los desconfiados

La desconfianza es un rasgo natural presente en todos los seres humanos. Vivencia intuitiva o basada en hechos reales, acompaña las primeras impresiones que tenemos de los demás. Antes de animarse a cortejar, el estilo desconfiado someterá al otro a una exploración visual y de comportamientos como no lo hace ningún otro estilo. La información recogida pasará por estrictos esquemas de categorización, casi siempre influidos por prejuicios: color de piel, sexo, forma de moverse, de hablar, gustos estéticos, etcétera. Hay pocas cosas que lo atraen. El comportamiento complaciente y sumiso es uno de sus preferidos.

No tienen muchas estrategias de conquista. Casi siempre se muestran esquemáticos y predecibles. Los hombres desconfiados valoran las normas de cortesía, caballerosidad, protocolo y halagos a las damas. Las  mujeres desconfiadas esperan de los interesados una sensibilidad extrema, un trato más que amable y respetuoso. Todo debe estar en su lugar, Un mínimo movimiento en falso puede ser motivo de rechazo.

Son muy celosos, se irritan con facilidad a la hora de plantear sus sospechas. Son capaces de organizar pesquisas con el fin de agarrar “in fraganti” al compañero. Revisan mensajes, e-mail, papeles y están atentos a cualquier movimiento de la pareja. A la hora de tener sexo, la idea de celotipia puede estimularlos, mezclándose el impulso sexual con ira y desinhibición.  Rechazan todo tipo de propuestas eróticas del compañero por considerar que existen intenciones “dudosas” en las mismas: “Me quiere probar”, “quiere hacerme impotente así encuentra motivos para  pelear”, “debe tener un amante y me está comparando”, etcétera.

4)      Los inmaduros

Se identifican por el estilo jovial, optimista, que gusta a la gente; confianza en sí mismos; capacidad para ocuparse de los demás y estar atentos a los requerimientos ajenos; “amor” hacia todas las personas; vínculos numerosos signados por la expansión, la simpatía, la vivacidad.

De más está decir la facilidad que tienen estas personalidades para la conquista: no les cuesta nada acercarse a la persona que les gusta. Las mujeres inmaduras valoran la caballerosidad, la inteligencia y hasta la formalidad de ciertos hombres. A los hombres inmaduros les gusta que sean atractivas, curvilíneas, y si tienen algo de “perras”, mejor.

Tanto unos como otros gozan de una plasticidad exquisita que les permite adaptarse espontáneamente al estilo del partenaire. No tienen problemas con la ropa: lo que se pongan les queda bien. La expresión del cuerpo supera cualquier ropaje.

En la sexualidad los hombres inmaduros son atrevidos, con pocas inhibiciones, dejándose llevar por la convicción que los embarga. Serán excelentes conquistadores, con habilidad intrínseca para el cortejo: seducción, labia, capacidad de escucha y tendencia a la acción. Los refuerza el cortejo amoroso, pudiendo desaparecer después de haberse probado sus capacidades viriles. Son los típicos histéricos cuyo objetivo se centra en el despliegue de sus atributos.

5)      Los vanidosos

Las personas vanidosas son pedantes, fanfarronas les gusta provocar con logros y realizaciones personales casi siempre de índole material, aunque haberlas obtenido supone para ellos “grandeza y habilidad en el hacer”. Los mueve la ilusión de poder, de gloria, de superioridad frente a los demás.

Como los sujetos inmaduros y astutos, son buscadores incansables de novedades. Les gusta recibir halagos y sentirse admirados. Gozan de los atributos de la seducción, la afabilidad y divulgan el gusto por la vida. Trasmiten confianza en sí mismos, firmeza en sus méritos, solidez en sus cálculos  y en mundo emocional.

Seductores natos, conquistadores revoltosos, egocéntricos, pícaros; quieren que los ojos del mundo no se pierdan el espectáculo que ha creado y del cual es el principal admirador.

En el cortejo son verdaderos “dandies”: conocen como nadie las reglas del encuentro amoroso. Llaman la atención por la ropa, los accesorios, los colores de moda, el cuidado excesivo, etcétera. Son divertidos, ocurrentes, conocedores de la noche y  “lugares de onda”. La consigna que los guía es “Haré que se rindan a mis pies”. Por lo tanto, si es asertivo, mejor; si no lo es, siempre encontrarán la vuelta para hacer cumplir su lema.

Saben a ciencia cierta que a la hora de conquistar hay recetas que nunca fallan. Son buenos amantes de ocasión, “ideales para una noche de lujuria”. No se puede esperar de ellos ni el romanticismo de las velas, ni arrumacos histéricos. Prefieren demostrar antes que decir. El juego erótico es rico en poses; cambios de espacios; sexo oral, anal; expresión de fantasías, etcétera. Tanto espectáculo tiene como finalidad reconfirmar su excelente performance.

6)      Los inestables

La alta susceptibilidad de las personas inestables convierte mínimos problemas en verdaderos conflictos que disparan emociones intensas, arrebatos, casi siempre breves, aunque perturbadores para el sujeto y su entorno.

En las personalidades inestables, el comportamiento sexual es tan oscilante como en otras áreas interpersonales: aman con intensidad y son amados de igual manera. A la hora de conquistar son activos y sugerentes. Optan por el placer, disfrutando los vaivenes de la seducción. Si bien al tiempo, luego de la conquista, cambian de actitud volviéndose más dependientes, al principio no se cuestionan cuando tienen que generar incentivos para motorizar la relación: llaman por teléfono, escriben e-mails, proponen citas, etcétera. A la hora de cortejar “no andan con chiquitas” ni se someten a las limitaciones de género. Son soñadores, arman proyectos de vida en común, de crecimiento mutuo. Viven las emociones con intensidad y se vuelven temerosos cuando éstas pierden vigor.

El juego erótico suele ser rico en variedades. Requieren de compañeros muy activos que no tengan reparos para tener sexo “cuando pinte” la situación. Se aburren si no son complacidos o si su compañero no gusta aventurarse a explorar recursos nuevos.

La mujer inestable es más demandante de amor y de sexo que el hombre. Además, aprenden que la pasión redime todo conflicto. Si todo marcha sin interrupciones, se estimulan fácilmente y tienen buenos orgasmos, exigiéndole al hombre una segunda, una tercera, o más veces. Si el hombre responde, se habrá producido el clásico “enganche” que mantiene unidas a estas parejas cuando las “papas queman” en otras áreas. Es muy frecuente escuchar: “Ojalá nos llevásemos tan bien en el resto de las cosas como en la cama”.

7)      Los astutos

El estilo astuto no actúa por impulsos: el raciocinio debe servir a los intereses de una lógica interna, construida con intuición, perspicacia, hedonismo y acción. El astuto necesita de esa extraña alquimia entre la razón y la locura, entre el control y el desborde. Sin embargo, no es sólo la mezcla de esas dos propiedades humanas; se pide precisión, la medida justa entre los dos elementos. La clave está en el fiel interno que busca el equilibrio entre los dos platillos.

El sujeto astuto es astuto, no simula ni hace un esfuerzo voluntario para serlo; a lo sumo agregará elementos voluntarios (por lo tanto conscientes), pero la base, “la naturaleza” es astuta. Son personalidades gráciles, amables, sociables, divertidas, pícaras, juguetonas, ejecutivas; saben y se ofrecen para organizar actividades grupales; tienen capacidad de liderazgo. Los rasgos de soberbia le dan firmeza al conocimiento que tienen de sí mismos. Son sujetos independientes, se valen de una autoimagen sólida, bien plantada frente al mundo. Un astuto por antonomasia no puede ser dependiente, en todo caso la dependencia es una mascarada para obtener beneficios. Pueden mostrarse como débiles cachorritos abandonados, sufrientes, víctimas de la crueldad.

Son seductores, tienen labia, saben cómo conquistar y hacer el amor. Hay una búsqueda de beneficio en la mayoría de sus acciones. El cortejo amoroso no es para nada ortodoxo, al contrario, está rodeado de artilugios y mecanismos indirectos de conquista.

Los compañeros sexuales gustan de este tipo de personajes, aunque saben que son impredecibles. La tendencia a la actividad y la falta de escrúpulos sexuales les da la libertad para un juego erótico rico en posibilidades. No hace falta decirles que hagan nada porque saben todo. La habilidad para darse cuenta de las necesidades del partenaire los convierte en magos: “Cómo supiste que me gustaba tal cosa”, “diste en la el punto justo como ningún hombre lo hizo”. No se someten a autocríticas negativas; por el contrario, la evaluación de su rendimiento siempre es satisfactoria. Si algo falla la culpa será del otro que no comprendió, o no está a la altura de la propuesta erótica

8)      Los temerosos

El miedo es una emoción primaria, inherente a la condición humana. La aprensión inespecífica, es decir sin causa que la detone, junto a las vivencias de incertidumbre y la sensación profunda de finitud, son expresiones de la angustia existencial. En los sujetos temerosos hay una susceptibilidad mayor a los estímulos. La vivencia de riesgo se incrementa, sobre todo en situaciones sociales nuevas. Si bien en su aspecto exterior no lo demuestren, temen ser devaluados, avergonzados o que los demás no se percaten de sus capacidades intrínsecas.

Para los temerosos, la cama es el cuadrilátero donde la fantasía y la realidad se chocan sin remedio. Aparecen las típicas imágenes que lo subestiman y convencen de sus paupérrimas dotes eróticas. Se sienten inferiores y fáciles de superar por cualquier partenaire; hasta un novato que no tiene ninguna experiencia los intimida. El problema es cómo salir con ánimo de vencedor desde los primeros encuentros. Después, el conocimiento y la confianza harán lo suyo para disipar los miedos.

9)      Los sumisos

Los sumisos han aprendido a lo largo de la vida a responder al afuera más que a sus propios intereses, sobre todo en las relaciones más comprometidas. Los sumisos han sido buenos hijos: dóciles, amables, ordenados, estudiosos, cumplidores. Aprendieron a valorar las creencias y a adaptarse a los patrones familiares. La vida de cada uno ya estaba pautada de antemano y cualquier arbitrariedad debía ser evaluada exhaustivamente.

Tanto el hombre como la mujer con estilos sumisos se manejan mejor en áreas que no impliquen un compromiso afectivo significativo y, en caso de tener pareja o familia, no alteren la rutina vincular. Las personalidades sumisas temen que las personas queridas los abandonen si ellos dejan de complacerlas. Hay una preocupación constante porque el otro se sienta a gusto, acompañado, satisfecho.

De más está decir que los sumisos buscan parejas que les puedan ofrecer firmeza y seguridad. Para nada elegirían a un compañero con rasgos semejantes. Gustan de las personas “con carácter”, sólidas, convencidas de su status de fortaleza, autoconfianza y capacidad de seducción. Las mujeres sumisas se sienten atraídas por hombres rudos, con fuertes rasgos de masculinidad. En la cama la consigna es “debo complacer al otro”.

10)    Los obstinados

Para los obstinados nada debe quedar librado al azar; la obstinación es un eficaz medio de control para transformar lo aleatorio en convicción. Los obstinados encuentran un medio ideal para el desarrollo de sus capacidades en trabajos con normas estrictas, disciplina y un orden proveniente del afuera. Cuando logran relajarse y dejar de lado las pretensiones son seres tiernos, amables, entregados al disfrute y a encontrar estímulos en otras dispensas de la vida.

La suerte y el azar están lejos de sus creencias. Son terrenales y concretos, si bien “el pensamiento mágico” hace de las suyas generándoles la ilusión de resultados o metas ideales. El refuerzo positivo que les devuelve la producción, el trabajo y el logro de objetivos económicos suele ser un aliciente para generar nuevas conquistas.

Las personas obstinadas son ansiosas, mucho más cuando están motivadas por una idea o un impulso. En apariencia pueden mostrarse serenas, pensantes, respetuosas, pero no son características sinceras, aunque tampoco una mentira: es su estilo de personalidad. La procesión va por dentro. Su cabecita está llena de proyectos, ideas que van y vienen, programas de actividades. La inquietud interna y la exigencia por cumplir con los mandatos internos los puede llevar a ser torpes, olvidadizos y poco asertivos.

Los hombres obstinados son más conservadores que las mujeres. En general los caracteres obsesivos son más frecuentes en los hombres. Son torpes para el cortejo. Pierden la visión del otro y de sí mismos con tal de ajustarse a las normas conocidas. “El borde de la cama” suele ser el límite entre el “control” manifiesto del cortejo y el “descontrol” del acto sexual. Pareciera que los sujetos que están dentro de este espectro de estereotipia y rigidez mejoran sus capacidades amatorias durante la relación sexual.

Por supuesto no ocurre con todos, pero gozan de una predisposición a romper con las normas del comportamiento sexual. Tampoco se convierten en apasionados amantes: carecen de romanticismo, hacen breve el juego preliminar y van derecho al contacto genital y la penetración.

11)    Los resentidos

Los resentidos tienen una facilidad especial para convertir el placer en displacer. Están convencidos que los demás no valoran sus acciones y que jamás podrán entender el sentido profundo de sus demandas. Cualquier explicación no es válida, “cae en saco roto”, pareciera que nada los conforma. La sonrisa y el buen ánimo están “prendidos con alfileres”, se irritan con facilidad y sufren por la incomprensión ajena y el dolor propio.

En las relaciones amorosas, tanto las mujeres como los hombres resentidos deben hacer un esfuerzo para que el cortejo amoroso se deslice por caminos de seducción y entrega. Paradoja mediante, los que ya tienen experiencia en la conquista, en vez de moderar las reacciones, se manifiestan tal cómo son desde el primer encuentro. Se molestan con los rodeos; lo común, poco original (gestos, frases, temas); descreen de las promesas y dejan librado al tiempo y al conocimiento mutuo el devenir de la relación.  En los resentidos las experiencias de fracasos amorosos actúan como férreas resistencias para los encuentros ulteriores. Se vuelven más selectivos, a veces hasta el absurdo; desaprovechan verdaderas oportunidades con tal de encontrar el candidato que se ajuste a sus ideales.

12)  Los sufridos

El sufrimiento puede ser una experiencia que estimule la superación y el crecimiento, o un motivo crucial para el atraso. El sufrido, por lo tanto, no sólo sufre por la debilidad de su carácter, sino también por todo lo que pierde en esa decisión. Si el temeroso sufre por lo inalcanzable del objeto, los sufridos creen que perderán el objeto alcanzado: “Lo tengo, pero en cualquier momento lo pierdo”. Se convencen de que vivir les cuesta más que al resto, que deben hacer un esfuerzo para no teñir la vida de descontento.

 Las relaciones sexuales se nutren de una erótica precedida de poemas, mensajitos de amor, de estar “juntos por toda la eternidad”. El amor ideal, expresión cabal y sublime del romanticismo, se plasma desde el inicio de la relación. No interesa el contacto carnal si  no viene acompañado con “orquesta y coro de ángeles”. Pueden esperar con la firme convicción de que las necesidades del otro coinciden con las suyas. A veces sucede así y otras, no. El compañero espera hasta la que la paciencia se agota.

Cuando se deciden ir a la cama serán exquisitos amantes. Pareciera que el mundo sucumbirá después del orgasmo. Sienten en sus corazones que cada contacto erótico será el comienzo del final. Darán placer y se dejarán llevar por el placer del otro. Si son afines a prácticas orientales o alternativas usaran aceites, perfumes, incienso, poses varias y control eyaculatorio. La afinidad emocional con su partenaire permite llegar a altos niveles de excitación. Trasmiten a los beneficios de la paciencia y el dejarse llevar en la relación sexual. Aún así, estos maestros del erotismo sucumben cuando el otro no sale de la concepción “carnal y urgente” del encuentro sexual. Si no pueden cambiar los gustos sexuales ajenos y adaptarlos a los propios, se alejarán frustrados, reprochándose la mala elección. 

Dr. Walter Ghedin
Médico psiquiatra
Sexólogo
Autor de Tipos en la cama, Tipos que huyen y La vagina enlutada (Ediciones Lea).

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