Las siete palabras que dijo Jesús antes de morir

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Por Facundo Gallego. Especial para LA BANDA DIARIO

El Sermón de las siete palabras es una tradición que la Iglesia conserva desde el
siglo XVII, cuando un sacerdote jesuita llamado Francisco del Castillo predicó sobre las
siete últimas frases de Jesús, relacionándolas con las circunstancias deplorables que
sufrían los indígenas del Perú. Hoy, no les ofreceremos un sermón, porque no estamos
hablando ni estamos dentro de una acción litúrgica. Pero sí meditaremos juntos sobre
estas siete palabras que Jesús dijo antes de morir: siete palabras cargadas de amor y
cercanía de un Jesús que nos amó hasta el extremo.

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)

Los soldados acaban de crucificar a Jesús. Lo elevan para que todos los que
pasaran por allí vieran al “malhechor” y “blasfemo” que tantos dolores de cabeza les
había dado. Y, por si fuera poco, también crucifican a dos ladrones, uno a cada lado de Jesús, para que quede claro que Jesús es un delincuente.

Sin embargo, ante tanto odio y estigmatización, Jesús abre su corazón mucho
más de lo que le permitían sus brazos extendidos en el madero. No puede abrazar con
ellos a todo el mundo, pero sí con el corazón. Es tan grande el amor, y tan grande el
Corazón bendito y sagrado de Cristo, que es capaz de juntar fuerzas y pasiones para
gritar al cielo: “¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”. No, Señor, no
saben… han cerrado tanto sus ojos y no han sido capaces de recibirte como el rostro
misericordioso del Padre. Y, sin embargo, los amas, y pides perdón por ellos, y ofreces
tu sacrificio de amor también por tus verdugos y jueces. ¡Bendito seas por tu amor, que
con tanta soltura nos perdona de nuestros pecados!

“Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43)

Entre tantas voces burlonas, de pronto resalta una palabra desafiante: “¿No eres
tú el Mesías? ¡Entonces sálvate a ti mismo y a nosotros!”. Y, de pronto, otra voz
defiende a Jesús: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros
con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos, en cambio èl no ha
hecho nada malo”.

Era el diálogo entre los dos ladrones, sufriendo junto a Jesús (¿o Jesús sufriendo
junto a ellos?) la misma suerte: la muerte humillante y estigmatizante.

No por nada llamamos a este el buen ladrón: no solamente porque alcanzó a
arrepentirse en el último momento de su vida, sino porque, como dice San Josemaría,
“supo con una palabra robarle el Corazón a Cristo”.

Y Jesús mismo lo bautiza con su sacrificio y lo perdona, y volcando todo su amor misericordioso sobre el corazoncito frágil y arrepentido del ladrón, le otorga ya la
corona de la victoria, que esté preparada para todos los que creemos en Él: “te aseguro
que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

“Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre” (Jn 19,26-27)

“Junto a la cruz de Jesús estaba su madre…” Ella, que estaba de pie, padeciendo
el dolor en su alma, con su corazón de madre atravesado por una espada; Ella misma es
la que se arrima para besar los pies ensagrentados de su hijo crucificado.

Jesús, de repente, firma con su propia sangre un testamento de amor muy grande, una herencia muy valiosa a favor de todos nosotros. “Al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo…’.” Aquí estamos nosotros María, no solamente está allí Juan, que te recibe en tu casa; estamos también nosotros que queremos recibirte en nuestro corazón.

Jesús, que lo estaba dando todo para nuestra salvación, quería también dejarnos el privilegio de ser llamados hijos de María. Después del Cielo, la mejor herencia que
hemos podido recibir de manos de Jesús es a su Madre Santísima como nuestra propia
Madre. Cada día, con su oración e intercesión maternal, engendra en nuestro corazón a
Jesús.

“¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27,46)

Estamos ya frente a las últimas horas de la Pasión de Jesús. La escena se ha
oscurecido por completo, y cada vez hay menos personas contemplado la muerte de los
tres crucificados.

En un momento, Jesús junta dentro de su corazón no sólo su propio dolor y sufrimiento, sino las penas de toda la humanidad, de todos los hombres de todos los tiempos. Como Jesús también es verdadero hombre, sufre también lo que muchas veces nosotros mismos hemos sentido: un abandono. Por eso, hace suyas las palabras del Salmo 22, y eleva una oración llena de tristeza y angusta, representándonos a todos nosotros: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”.

Cuando nosotros también sintamos que Dios nos ha quitado su ayuda o nos niega su mano, volvamos la vista a este crucificado. No hay nada que podamos sufrir que Èl ya no lo haya sufrido en su Pasión: engaños, traiciones, negaciones, humillaciones, dolores fìsicos y morales… la muerte. Él no nos negará nunca el consuelo, y nos enseñará a seguir confiando en el amor de Dios a pesar de que las respuestas no estén aún del todo claras.

“Tengo sed” (Jn 19,28)

“Para mi sed, me dieron vinagre”, dice el Salmo 69. Aquí, Jesús no solamente da cumplimiento a la Escritura, porque al decir esto le ofrecieron una esponja empapada en
vinagre.

Esta frase de Jesús es mucho más profunda, y mucho más íntima, muy propia de Dios. “Tengo sed” le había dicho también a la samaritana mientras aún caminaba la tierra santa. “Pero no del agua que pasa por mi garganta, sino de almas que se guardan en mi Corazón.” Èl tiene sed de nosotros, quiere estar junto a nosotros siempre. Pero, muchas veces somos bastante amarretes con el Señor. Y no saciamos la sed más profunda de su Corazón, solamente le damos el vinagre de nuestra indiferencia, de nuestro “poco tiempo” y de oraciones mal hechas.

Ojalá esta frase resuene hoy en nuestra alma, y seamos capaces de entregarle a Jesús un ratito más de oración. Y, para los más intrépidos, quiera el Señor regalarnos también a nosotros un balde para ir a llenarlo de almas con nuestra predicación y ejemplo de vida cristiana, y saciar mejor la sed que Cristo tiene de todos.

“Todo está cumplido” (Jn 19,30)

Ya son las tres de la tarde. La muerte está a punto de reclamar a Jesús y a los otros dos ladrones. Por un instante, por el Corazón de Jesús pasa su vida entera, solamente para corroborarle que, efecitvamente, había hecho todo cuanto el Padre quería. En Él, se cumplían todas las promesas hechas a Israel. En Él, se cumplían todas las profecías mesiánicas. En Él, se cumple nuestro destino: ser amados por Dios más allá si nosotros correspondemos a ese amor o no. “Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el fin”, dice el Evangelio de Juan. Nos ama hasta el extremo de dar la vida por nosotros, para que no seamos más esclavos del pecado y para que gocemos de la casa que el Padre tiene preparada para nosotros en el Cielo.

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46)

La hora se había cumplido. Jesús no hace más que repetir una frase del Salmo 31… aunque también es algo que repitió durante toda su vida: “te encomiendo mi espíritu para que hagas con él según tu voluntad, Padre”.

Jesús nos enseña la buena muerte: una muerte confiada porque se sabía inocente, sin pecado ni culpa. Él había cargado sobre su espalda todos nuestros pecados, y los hace morir ahora en la Cruz. Su espíritu, que llevaba el peso de todas nuestras faltas, está en las manos del Padre. Dice San Pablo: “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”. Simplemente nos amó y se entregó por nosotros.

El Sacrificio que Jesús hizo en la Cruz por nosotros es demasiado grande e inabarcable. Pero cada vez que busquemos acercanos a estos relatos evangélicos de la Pasión de Cristo, hagámoslo con esta certeza: todo lo que allí se narra no se puede entender si no es desde la clave del amor.

AMÉN.

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