Por Patricio Augusto, concejal de Libres del Sur.
Cuando Lula decidió prohibir las apuestas deportivas y los casinos online, puso un límite a un negocio que se llevaba el dinero de los hogares trabajadores y alimentaba la ludopatía entre los jóvenes. Detrás de las ganancias de esas plataformas había familias endeudadas y plata que faltaba para la comida. Gobernar también es decidir de qué lado ponerse cuando el negocio de unos empieza a destruir la vida de otros.
Lula conoce esa disputa. Viene del trabajo, de la organización sindical y de las luchas populares. Atravesó la cárcel, vio anuladas sus condenas y volvió a la presidencia para recuperar políticas contra el hambre y aumentos del salario mínimo por encima de la inflación. Su regreso tiene ese valor: demuestra que pueden perseguir a un dirigente, pero no borrar tan fácilmente lo que representa para su pueblo.
La defensa de la Amazonía responde a la misma convicción. Cuidar la tierra es defender a quienes la habitan y evitar que el patrimonio de un país quede a disposición del saqueo. Bajo Lula, la deforestación amazónica se redujo aproximadamente a la mitad desde 2023.
Para quienes creemos en la soberanía, los recursos naturales deben servir al desarrollo de nuestros pueblos, y no convertirse en una riqueza que otros se llevan mientras las comunidades cargan con la destrucción.
Brasil ya conoce el costo de volver atrás. Durante el gobierno de Jair Bolsonaro, el hambre pasó de afectar a 19,1 millones de personas en 2020 a 33,1 millones a comienzos de 2022. En 2021, los ingresos reales por persona en los hogares tocaron el nivel más bajo de la serie iniciada en 2012. La pandemia golpeó al mundo entero, pero reconocerla no obliga a callar las responsabilidades de un gobierno. A esa crisis social se sumaron el avance de la deforestación y una ofensiva contra la democracia: Bolsonaro terminó condenado por la trama golpista que buscó impedir la llegada de Lula al poder después de las elecciones de 2022 y hoy está bajo prisión domiciliaria.
Por eso, la candidatura de su hijo no puede presentarse como un cambio sin historia. Hay un proyecto político detrás de ese apellido, y el pueblo brasileño tiene derecho a discutir sus consecuencias.
Los argentinos tampoco miramos esta elección desde lejos. Vivimos un gobierno de derecha que hace del ajuste una bandera, mientras las familias deben afrontar las consecuencias sobre su salud y sus ingresos.
La desregulación de las prepagas y las restricciones al acceso gratuito a medicamentos de PAMI tienen rostros concretos: trabajadores y jubilados para quienes llegar a fin de mes se vuelve cada vez más difícil.
América Latina ha atravesado demasiadas oleadas de derecha que prometieron prosperidad y terminaron dejando dolor, derechos recortados y recursos entregados. También tiene una historia de pueblos que se organizaron para sacárselas de encima, recuperando gobiernos mediante las urnas y defendiendo en las calles su dignidad y su patria. Esa memoria sigue viva.
En ese escenario, Lula importa mucho más allá de Brasil. Su defensa del Mercosur, del multilateralismo y de una política exterior autónoma abre espacio para una región capaz de negociar sin arrodillarse. Frente a las pretensiones imperiales, necesitamos gobiernos que defiendan el derecho de nuestros pueblos a decidir sobre su territorio, su trabajo y su futuro.
La ventaja de Flávio Bolsonaro en primera vuelta exige organización y una discusión franca con la sociedad. Confiamos en que el pueblo brasileño sabrá dar vuelta este resultado. Ya demostró que puede levantarse y recuperar su rumbo. Hoy vuelve a estar en sus manos defender la democracia, la dignidad y la patria. Otra vez, Prohibido apostar al pasado.

