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Una ciudad limpia no es un lujo, es la primera obligación de un municipio

Por Natalia Neme

La limpieza de una ciudad no depende de la suerte ni de la buena voluntad de los vecinos. Depende de una gestión municipal que planifique, controle y cumpla.

Cuando una esquina permanece días con basura acumulada, cuando un microbasural se transforma en parte del paisaje o cuando un contenedor rebalsa sin que nadie intervenga, el problema no es del vecino. Es del Estado municipal.

Una ciudad limpia mejora la salud, brinda mayor seguridad, protege el ambiente y genera orgullo en quienes la habitan. Por el contrario, el abandono transmite un mensaje peligroso: que nadie se hace responsable de lo que es de todos.

Santiago del Estero merece mucho más.

Nuestra propuesta comienza por recuperar la eficiencia de los servicios públicos. La recolección de residuos debe ser previsible, con recorridos claramente establecidos, frecuencias que se cumplan y mecanismos de control para verificar que el servicio llegue efectivamente a cada barrio.

También impulsaremos un programa permanente de erradicación de microbasurales. No alcanza con limpiar una vez para la foto. Hay que intervenir esos lugares con iluminación, forestación, cámaras cuando sea necesario y un seguimiento constante para evitar que vuelvan a convertirse en focos de contaminación.

La tecnología también debe estar al servicio del vecino. Queremos que cualquier santiagueño pueda informar desde su celular la existencia de un basural, una poda sin retirar o un contenedor desbordado y recibir una respuesta en plazos determinados. Un municipio moderno no espera que el problema se viralice en las redes sociales para actuar.

Otro eje fundamental será el reciclado. Separar residuos, recuperar materiales y promover la economía circular no solo beneficia al ambiente, sino que también genera oportunidades de trabajo para cooperativas y emprendedores dedicados a la recuperación de materiales.

La educación ambiental también debe ser una política permanente. Las escuelas, los centros vecinales y las organizaciones sociales pueden convertirse en aliados estratégicos para construir una ciudad más limpia y más consciente.

Pero, sobre todo, hace falta una decisión política: entender que los servicios básicos son la prioridad de cualquier gestión. Antes que los grandes anuncios, antes que las campañas de publicidad y antes que las inauguraciones, un municipio debe garantizar que sus vecinos vivan en una ciudad ordenada, limpia y cuidada.

Gobernar bien también es ocuparse de lo cotidiano. De esas pequeñas cosas que parecen simples, pero que cambian la vida de miles de familias todos los días.

Porque una ciudad limpia no es un privilegio. Es un derecho de los vecinos y una obligación indelegable del municipio.

Ese es el modelo de ciudad que proponemos: una Santiago que vuelva a funcionar, barrio por barrio, con una gestión presente, eficiente y cercana.

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