El destino quiso que el episodio que ubicó a Fito Páez entre las tendencias de X -y de ahí a la gran conversación pública, virtual o presencial, da igual- ocurrió la noche anterior a la publicación de su nuevo disco, Shine. Resultó paradójico: el miércoles había tocado en el estadio cubierto de Villa Crespo y vivió un episodio inesperado. La situación fue amplificada por la caja de resonancia de este ágora enfermo y contemporáneo con el nos hemos acostumbrado a convivir. “Fito” fue trending topic y todos tuvieron algo para decir (así pasa ahora, cualquiera dice cualquier cosa). Hubo silbidos y cierto malestar de la pequeña multitud, supuestamente porque los “aburrió” tocando todo el disco Novela y no los hits. Aunque después me enteré que en realidad, luego tocó los hits. En fin.

Por suerte lo vi muchas veces en vivo en aquellos años, aunque recuerdo particularmente su primer Luna Park cuando presentó Giros (debió ser 1985, bastaría con chequear en Google pero la verdad, me da fiaca) y apareció cantando en el techo del escenario con un doble suyo (qué será de la vida de ese muchacho…). Y por supuesto recuerdo muy especialmente el monumental show que dio con su amigo y maestro Luis Alberto Spinetta en diciembre de 1986 (esto sí acabo de chequearlo en el oráculo-archivo digital): juntos habían publicado Lalala, un disco doble hermoso que en aquel momento no llegué a comprender del todo -yo tenía 16 y la verdad, Sumo me había dado vuelta la cabeza y ya el “rock nacional” no me atraía tanto-, y esa noche calurosa en Obras tocaron ¡seis horas!

El jueves, es decir a la noche siguiente y a solo 500 metros del lugar de los hechos -profusamente difundidos a través de cientos de posteos, a favor y en contra, y otros tantos videos-, presentó Shine en un lugar de Villa Crespo para un grupo de invitados, entre prensa, amigos, gente de la industria musical y algunos cholulos todoterreno. Estuve ahí y cuando hubieron de pasar sus palabras y el disco completo -por cierto, un disco 100% Páez, clásicos y con un par de bellas canciones, caso “Planeta del sol” y “La esquina del sol”-, me acerqué a saludar. Nos dimos un abrazo y le dije “Ja, ¡el hombre del día!“. Sonrió y me dijo ”Nah, qué va…» El ratito que hablamos, hablamos de Charly García, cómo no.
La noche terminó con un guiso de lentejas y vino tinto, y cuando me fui, me quedé pensando en esto que más o menos coherentemente he tratado de expresar en este texto. El tipo es famoso y millonario, tiene 5 (ponele) canciones que están en el olimpo de la música popular argentina de todos los tiempos, llenó estadios, ganó premios y es profundamente popular. Si decimos “Charly” sabemos quien es, y también “El indio”, o “El flaco”, o “Andrés”. Si hablamos de “Fito”, sabemos a quien nos estamos refiriendo. Con todo eso y habiendo pasado los 60, sigue insistiendo. Graba discos, mejores o peores, sigue apasionado por crear, sigue tocando y girando. Está vivo. Pensé mucho en aquella noche de Lalala y las seis horas (lo comentamos con un colega, por cierto). Mirá si se va poner mal porque a unos cuantos no les guste que toque un disco entero que tal vez no tiene hits. Por eso, por Fito y Lalala, me acordé una vez más de aquella letra de Luis Alberto Spinetta: “Es inútil que pretendas brillarcon tu historia personal / recuerda que un guerrero no detiene jamás su marcha”. En eso está.
Fuente Infobae

