Vals
A Adriana Lizondo.
A los santiagueños nos gusta mucho La Banda. Vamos siempre que podemos. Ya no es un viaje como antes, en ómnibus se tarda menos de quince minutos en llegar al barrio San Martín y en media hora ya se está en el mercado Unión. No son muy diferentes de los santiagueños. Quién no se ha sorprendido cuando un amigo le ha contado:
-Soy de La Banda.
Muchos cruzan el río todos los días para trabajar, estudiar, comprar, pasear, mirar vidrieras, comer, visitar amigos, hacer trámites. Tanto que conocen Santiago mejor que un santiagueño. Y a nosotros nos encanta ir a La Banda, es como una fiesta del espíritu recorrer la Besares, la Aristóbulo, la Belgrano, la avenida San Martín o sus barrios con nombres de resonancias tan poéticas como Villa Juana, Finca de Ramos o Villa Rosita donde vive el amigo Ramón Omar Montenegro.
Nos resulta medio sorprendente su empaque al decirse bandeños y no santiagueños. Tanto, que cada vez que hacen gala de eso, nos sonreímos y lo tomamos como un chiste que repetimos cuando estamos fuera de la provincia. Sus enojos, orgullos y rabietas del pasado cuando organizaban venirse en malón a Santiago a protestar por algo, los veíamos con simpatía, con interés genuino, hasta con felicidad.
-Mirá, ahí llegan los bandeños- nos alegrábamos. En el fondo siempre deseábamos que ganaran. Por eso nos sorprende que digan que no los queremos. Nos gustan mucho, sobre todo las bandeñas, tan hermosas que te lo son.
Nos unen el río Dulce, la forma de hablar y la historia. Si ellos hacen compras en el centro de Santiago, los santiagueños vamos a los bailes de la autopista, nosotros tenemos la Boca del Tigre, ellos tienen su Balneario, y así todo. En lo único que nos ganan es en Joshela Scrimini, que aquí no hay. Y en el Loco Villa, tan bien que nos vendría unito.
Hasta nos emocionamos con el vals Ciudad de La Banda «con fincas perfumadas, veredas arboladas por donde supe andar», porque, oiga, quién no ha tenido un amigo en la España, como Chito Martínez, una novia bandeña. O regresó de su viaje por el mundo en el Estrella y al mirar para el lado de la Alhambra sentir que estaba en casa.
Esperando el 21. En la Urquiza.
Por Juan Manuel Aragón
Nelly Orieta
«Nelly Orieta depositando una ofrenda floral en el monumento a Juanita Briones»
Atardecer en el río Dulce
Romance del Rio Dulce
Lo ven las nubes y el cóndor
nacer en las cumbres altas
guanaco de los deshielos
corriendo por las montañas.
Mishky Mayu, Misky Mayu…
las voces quichuas lo llaman.
Y por no querer detenerlo
hay un pañuelo de zambas
un canto de chalchaleros
y la luna tucumana.
Mishky Mayu, Misky Mayu…
las voces quichuas lo llaman.
Pero el Río tiene prisa
de llanura y de vidala,
por eso viene bajando
porque lo apuran las cajas
porque hay sabores muy dulces
de miel y aloja en sus aguas.
Después la Blanca Salina
tierra sedienta y amarga
la soledad de los jumes
y las noches sin guitarras.
Mishky Mayu, Misky Mayu…
las voces quichuas lo llaman.
Y por quedarse en Santiago,
fluvial presencia en el mapa,
se desborda en los bañados
entre un malambo de garzas.
Mishky Mayu, Misky Mayu…
las voces quichuas lo llaman.
Pero el Río tiene prisa
de llanura y de vidala,
por eso viene bajando
porque lo apuran las cajas
porque hay sabores muy dulces
de miel y aloja en sus aguas.
Dalmiro Coronel Lugones
Rubén «el Loco» Villa
Rubén «el Loco» Villa junto a «Negrita » Giovanardi en el Atelier
Año 1980.











